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domingo, julio 26, 2009

Don Nadie


I'm just sitting here watching the wheels go round and round
I really love to watch them roll


Soy un ser sin patria. He despertado de un largo sueño. He cerrado y abierto mis ojos mil veces; mas el escenario es el mismo: infierno. No sé si estoy vivo o no ¿Esto es vida? No lo sé. Quisiera saberlo. Entiendo el sufrimiento humano; pero, no sé qué sentir. Me preguntan por permisos y papeles, no los tengo; ni partida de nacimiento ni documentos. Muchos me preguntan si tengo un nombre ¿qué es un nombre? Me dicen que no figuro en los registros ¿Existiré? Quisiera saber eso también, pues si no existo no debería gastarme en escribir.

Soy un ser sin madre, porque madre dicen los libros que es la patria. Patria, país. Quisiera saber en qué momento se construyeron estos muros invisibles, estas fronteras de locos que nos diferencian unos de otros. ¿Soy argelino? ¿Soy gallego? ¿Soy peruano? No importa simplemente que soy humano ¿O no lo soy? ¿Qué soy yo? ¿Cuándo se crearon los nombres? ¿Por qué no sé si tengo uno? Creo que sí existo, no debo estar muerto como pensé hace un momento: no tengo certificado de defunción. Parece que en este infierno hay que pedir algún permiso para morir...

Sé que sé leer. Sé que sé escribir. Se que sé el siginificado de muchas palabras. Sé que no sé las respuestas a la mayoría de las preguntas que me hacen. Dicen que soy un Don Nadie ¿Qué es un Nadie? ¿Nadie es nada? ¿Acaso eso no es ser alguien? Creo que volveré a dormir, quizá allí haya algunos otros Nadies, que sean parte de mi patria y me hagan sentir un alguien; lejos de este mundo de alguienes que para mí son nada, como lo soy yo. Acaso no lo hemos sido todos desde siempre.

Antes de entregarme nuevamente a los brazos de ese Morfeo, dios del sueño, un pequeño rayo de sol entra por mi ventana en medio de este infierno. Sé que es un rayo de sol. Es calor. En la pared veo mi sombra: sé que existo; lamentablemente, no hay ningún papel para probarlo...


Por cierto: ¿qué es un dios?


When I tell them that I'm doing fine watching shadows on the wall
Don't you miss the big time boy you're no longer on the ball






domingo, junio 14, 2009

Apología a la vida eterna: la monotonía del Edén

Es extraña la coincidencia, este extraño déjà vu no deja de perseguirme ni en los erráticos rumbos de mis sueños. Me siento atrapado en este jardín del Edén que sé que no merezco. Siento que soy, sin siquiera quererlo, quien desde hace ya muchísimo tiempo era; mucho antes de despertar realmente, mucho antes de alimentarme con manzanas nada prohibidas, mucho antes de consumir aquel último porro hace ya tantísimos días; días, que se han ido consumiendo, como aquella tagarnina de marihuana que ahora sólo deambula entre pasillos oscuros, junto a los demás recuerdos que hoy my mind quiere olvidar, así como olvidados están los demás días de porros, mujeres y alcohol en aquel mundo escabroso lleno de mayúsculas y minúsculas ideas.

La noche es siempre silenciosa aquí, en mi jardín del Edén. Silenciosa e impregnada de soledad, la misma que se disipa al llegar la mañana, cuando despierto buscando al sol con la mirada, y éste me saluda sonriente, entregándome sus rayos como recompensa por un día más de vida. Camino solo, desnudo, ocultando mi sexo entre los arbustos, simulando vergüenza frente a seres extraños que no me interesan, seres que quizá realmente no existen acá, pues nunca los he visto; más menudas veces he sentido su presencia, como la de aquel déjà vu, que vive entre mis sueños por las noches, y se esconde entre los matorrales en el día. Quisiera saber qué quiere decirme, si es que quiere decirme algo. Quisiera olvidar y a la vez recordar. Olvidar aquel mundo perdido donde habitan recuerdos que no quiero recordar, y a la vez, recordar aquel mundo perdido de recuerdos que no recuerdo, pero que necesito recordar. Soy un ser complicado, y la mayor parte del tiempo vivo solo y confundido, lo sé… Creo que es más que evidente.

Los días son un círculo vicioso de hacerlo todo sin realmente hacer nada. Camino, me alimento, siento vergüenza, busco la sombra o las huellas del atormentador de mis sueños entre los matorrales. Los recuerdos de aquel mundo de ideas mayúsculas y minúsculas a menudo vuelven a mi cerebro, que aún debe estar invadido por rezagos de skunk, que era el Dios en aquel extraño mundo del pasado, que algo tiene que ver con aquel déjà vu que no deja de perseguirme, como escribí al comienzo, ni siquiera en mis sueños. Mi vida es solitaria y los días son interminables y las noches insuficientes; aunque a veces es todo lo contrario, a excepción de la soledad, pues sólo dejo de estar solo cuando me saludan los rayos del sol. Mi cerebro da muchas vueltas, y mientras intento comprender los recuerdos que no recuerdo, me siento agotado, perdido, dormitado. Así vivo, si es que a esto se le puede llamar vivir; aunque sea en el jardín del Edén. Desearía descansar más tiempo; pero el sol me despierta, con sus rayos de “buenos días, recuérdame, y olvida lo demás”.

El alimento es infinito, aquí en este jardín que sé que no merezco. Todos los días, miles de árboles, me proveen de manzanas en cantidades industriales; pero, nada es suficiente, todo es soledad y recuerdos, soledad en las noches, y recuerdos que no recuerdo ahora, de día, pues de noche tengo el presentimiento que lo recuerdo todo, pero al llegar la mañana es como si los cálidos rayos del sol hicieran que todo lo olvide. Cada mañana es la misma historia, como si los días no transcurrieran. Todo es una monotonía. Esto no es una queja, pero es que realmente no sé cómo llegué acá, o desde cuando estoy viviendo en este jardín del Edén, pues si cada día es igual, ¿realmente transcurren los días? Creo que nunca lo sabré, e iré olvidando mi ser, como olvidé a aquella última tagarnina que se consumió con el pasar de los días, que sí recuerdo, que envuelven a aquellos recuerdos que no recuerdo, pero que sí recuerdo; más no sé por qué sólo cuando duermo, o por qué es que presiento esto.

Estoy cansado de existir en este jardín del Edén, sé que no lo merezco, pero no sé quien es Dios en este mundo solitario, extraño e inquieto. Quiero saber por qué me persiguen recuerdos de algo que no recuerdo, quiero saber por qué son erráticos los senderos de mis sueños, y por qué ahí comprendo, lo que olvido cuando me despiertan los cálidos rayos del sol en las mañanas. Es una extraña coincidencia, ¿por qué siento atormentados mis sueños y a la vez puede que ahí comprenda lo que no puedo comprender de día? Soy un ser complicado, y la mayor parte del tiempo vivo confundido, lo sé y ahora no sé qué pensar. No sé cómo vivir sin ser atormentado por este ser que nunca he visto, pero que siento cuando actuó nuevamente siguiendo las mismas reglas de todos los días. El cálido sol, caminar, la vergüenza, manzanas, recuerdos de tagarninas, recuerdos que no recuerdo, dormir, recordar, volver a despertar, olvidar, y nuevamente lo mismo, todo se repite, una y mil veces, y no sé por qué. Me siento atrapado en este jardín del Edén que no merezco, o quizá lo merezco, porque quizá no es el jardín del Edén, quizá es un castigo por un mundo ulterior lleno de drogas, mujeres y alcohol, quizá Dios existió alguna vez y no era el skunk, quizá esté pagando algo por lo cual no merezca vivir; pero, por más que he buscando, escapando ligeramente a la rutina, no encuentro con qué dejar de vivir en medio de este mundo de arbustos que denomino jardín del Edén, donde todo se repite, una y mil veces, donde hay un déjà vu escondido en alguna parte, de mis sueños o de los matorrales, y me está buscando, no sé para qué, sólo sé que mi existencia se consume como la tagarnina de marihuana de hace tantísimos días, y no puedo hacer nada para evitarlo, pues todo se repite, todo en esta existencia ruin...

Soy un ser complicado, eso lo sé.

Es extraña la coincidencia, este extraño déjà vu no deja de perseguirme ni en los erráticos rumbos de mis sueños…

sábado, mayo 09, 2009

100PRESONLAS7


Luces se encienden y se apagan,
en el cielo y en nuestra alma, -eso espero-.
Las sombras nos persiguen a menudo, eso lo sé,
pero si estamos juntos todo parece estar okay.
Las sombras siguen siendo sombras,
aún en medio de la luz que hacemos,
cuando parece atardecer en el cielo y en el corazón.
Hoy que escribo pienso: cuando lees lo entiendes,
cuando lo vives, creo que no.
 
La luz se hace entre nosotros, la luz en mí eres tú.
En ti la luz está omnipresente, aunque sean pocos quienes lo sepan.
El problema es y ha sido siempre las tinieblas,
sombras que hacemos siempre, o casi siempre, que juntamos luces.
Sombras nimias que son bolas de nieve tormentosa,
que cae por la cumbre de tu orgullo, que es mayor que el mío,
o por lo menos eso es lo que me dicta escribir el mío.
 
Pasar de la luz a las tinieblas es fácil cuando se quiere,
fácil también para presas fáciles como lo eres tú,
que fuiste presa fácil del desconcierto; mas no del amor.
A este sentir le temo, pues la tiniebla siempre está presente,
aunque sin cubrir totalmente a quienes podemos darle un poco de luz.
 
Por eso mantén un poco esa luz, y también esa oscuridad.
Es la segunda la que da momentos precisos,
en los que beber amargos tragos hace extrañar la dulce miel,
y es por eso que la luz siempre viene luego de la oscuridad,
aunque nuestros encuentros siempre sean a las siete de la tarde,
cuando la luz está por ocultarse, para dar comienzo a una nueva oscuridad,
llena de luces artificiales, que no equiparan a la original,
que es la que está en el cielo y en nuestra alma,
la única que podemos usar para seguir,
seguir vivios y seguir juntos, que casi siempre viene a ser lo mismo.
Casi siempre cuando se quiere, o cuando se quiere querer...
-Yo hago lo primero, espero tú también-.

miércoles, abril 29, 2009

Divagando en la mentira

Es mentira que que me ría cuando te ríes,
no pareces ser graciosa,
pero sí divertida, que creo es lo que importa.
A medida que ganamos mentiras, hemos ido perdiendo unas pocas verdades.
Incluyendo la mayor mentira de todas,
que es la de mentir que no hemos mentido.
La mentira madre, a la que todos, o casi todos, nos hemos acostumbrado.
 
Yo no quiero mentirte, es por eso que callo,
cuando debería hablarte,
y quizá hablo, cuando debería callar.
Son abismos hermanos de cercanos hemisferios,
en los que el silencio es amargo para quienes tenemos algo que decir,
aunque casi siempre sea una mentira,
que siempre mintiendo decimos que no lo es.
Pero tú no mereces un mundo así,
lleno de amotinadas mentiras intentando entrar en nuestras almas,
nuestro mundo es ciego, y lo era siempre,
en ese mundo nos hemos criado,
y es de ese mundo del que te quiero -y me quiero- alejar.
 
Quizá no desviva por ti, y es cierto,
podría no morir teniendo en mi mente tu nombre.
No creo ni parezco ser un mártir del amor,
pero siento casi siempre ese calorcito interno,
que me anuncia que  sí siento algo por ti,
que era un querer y ahora crece como algo más,
no sé cómo lo llamen, o si su nombre es de mentira o mienten diciendo que no,
pero yo lo llamo amor, quizá porque así me enseñaron,
y porque llamarlo con nombre propio sería mucho para mi depauperado ego,
que es tímido aunque no crean quienes creen mentiras, 
que muere cuando mueres tú,
excepto cuando mueres por mí. 

sábado, abril 11, 2009

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A todos mis amigos y demás lectores de este blog...

Es casi un placer comunicarles que, debido a la poca atención prestada y a la nimia cantidad de comentarios que este blog recibe, he tomado la firme e impensada decisión de suicidarme. Pero no se preocupen, los detalles del suicidio se especificarán en los párrafos siguientes.

En primer lugar, agradezco de manera especial a quienes contribuyeron a la realización de esta idea tan extraña: a la mujer que alguna vez quise y me dijo que no; a las mujeres a las que dije que no y que quizá alguna vez me quisieron; a la mujer que quiero ahora y que no pocas veces me dijo que sí; a todas las personas que siempre dijeron que no cuando propuse alguna idea... En fin, quiero agradecer a todo aquel que alguna vez cruzó mi camino; y también a quienes no aparecieron nunca, pues quizá eso fue lo mejor.

Mi suicidio está programado para las 11 de la noche del 18 de abril de 2009. Será realizado desde el décimo piso del conocido edificio SERVAT, muy cercano a la casa de unos amigos y a mi no tan querida universidad. Para quienes no me conocen, estaré vestido con un polo color celeste, un jean decolorado y una gorra con tendencia rastafari. Para aquellos momentos estaré un poco ebrio y habré fumado por lo menos unos 2 bates, así que no es de extrañar que el suicidio se realice con éxito. Todo esto con el único fin de coger algo de valor para realizar este filantrópico acto final.

Interesados en rescatarme o hacerme cambiar de parecer, favor de encontrarse media hora antes en el lugar de los hechos, portando todos los utensilios necesarios para mi redención.

Interesados en recoger mis escombros, por favor acercarse media hora después de los hechos... No demoren demasiado para que no ultrajen mi occiso ser... Muchas gracias por todo.

miércoles, febrero 18, 2009

Monólogo del conductor errante


No sé cuándo compré el auto que ahora estoy conduciendo. Lo tengo en mi garaje desde hace más de dos años, creo... La verdad nunca me interesó si manejo un Volkswagen o si es que es un Toyota, aunque siempre quise tener un BMW.

No sé tampoco a dónde me estoy yendo. Si es a tu casa, si es hacia ti... No sé desde cuándo estoy contigo. Si hoy celebramos alguna efeméride o si es que te invitaré a tomar café. Creo que nunca he sido bueno para recordar fechas, o para recordar que no sé recordar fechas. Creo que nunca he sido bueno, para ti...

No sé realmente qué es un automóvil, si es que sirven como medio de transporte o es que se puede comer de ellos. Tampoco sé qué es lo que significa el amor. Si es que es el reflejo de la silueta de alguna mujer, o es la suma horizontal de las siluetas de todas ellas. No sé si eres tú, o es que soy yo. No sé quién está escribiendo esto...

No sé a qué juego. No sé si juego. No sé si conduzco a tu casa o si mis actos me condujeron a escribir esto... No sé si respiro, si aún vivo, o si ya me estrellé con el coche cuando iba hacia tu casa, a invitarte algún café...

miércoles, febrero 11, 2009

Circunloquio sobre las 7 de la tarde


Luz = 1
Sombra = 2
Tú = 3
Yo = 4

1, mi mano, 2.
Tu sonrisa, 1, tu mano lejos, 4.
1, miel, 1, 1, 1, 2, amargo, 1.
Tu mano, mi mano, 1.
1, 3, 4, 2.
1 + 1 siempre termina siendo 2.
4, bromas, 2.
4, 3, 1.
Mi sonrisa, 2, tu sonrisa.
2, tu sonrisa, 1, tu sonrisa otra vez.
2, 3, 4, sonrisas, 1.
2, 1, rutina.
3, 3, 3, 3, 3, 3.
Miedo, 2, más miedo, 1.
2, 1, 2, 1, 2, 1, etc.
Tu mano vuelve, 4, 1, 1, 1, 1.
2, 4, un foco, 1.
Inseguridad, 2, risas... 1.
Tu sonrisa, miedos, 2.
2, insultos, risas, 2, 1.
2 + 2 siempre será 1.
4, 2, 3, salvación.
3, 1.
3, 4, siempre...

domingo, febrero 08, 2009

Circunloquio sobre los sueños


Siempre que compramos, compramos sueños.
No hay tarjeta de crédito ni Dios alguno
que pueda evitar que intercambiemos dinero por sueños.
Todo en este mundo cuesta, incluso amar,
que en antaño era gratis, pero hoy la inflación nos cagó.
 
Siempre que soñamos, robamos sueños de otros,
incluso cuando somos únicos beneficiados,
son los demás quienes pagan el excedente de nuestra vida de juguete.
En un monopolio, que es el sueño,
no hay más dueño que uno mismo, por lo tanto,
no hay más beneficiado que nosotros,
ni más perjudicado que los demás actores de aquel espectáculo.
 
Siempre que dormimos, soñamos.
Siempre que soñamos, robamos.
Por lo que la lógica se hace basura
al pensar que siempre que se duerme se roba,
pues se roba despierto mientras los demás duermen,
donde los únicos beneficiados son aquellos que no actúan,
y los únicos perjudicados son quienes son beneficiados
en una vida que no existe, pero que se hará realidad,
al comprar nuevamente los sueños que fueron robados,
aunque esta vez con ayuda de Dios y la tarjeta de crédito.
Porque como a todo, la inflación, los sueños y los choros, nos cagaron.

viernes, enero 09, 2009

Como si mi vida te importara


La noche está muy silenciosa, es de madrugada y me siento solo. Y es verdad, solo estoy, sólo con mi computadora de compañía, que ya no es tan silenciosa como cuando la compraron; pero, que sigue igual de confidente, igual que cuando la conocí. Ella es como mi mejor amiga, aunque esto suene lamentable; lamentable para ella, pues para mí es algo espectacular, es como extender un poco mi añorada y cálida soledad.

Creo que me acostaré e intentaré dormir por lo menos unas horas; hace días no puedo dormir bien, pese a los narcóticos que estoy tomando. Me siento un poco triste por no poder dormir bien, debe ser eso que llaman estrés, está muy de moda y yo también quiero estarlo, así que debe ser eso. Quizá esté ebrio de tanta soledad, ya que hace semanas que ni alcohol puedo tomar.

Hoy noté que tengo un dolor en el hombro, quizá mañana me vaya a ver al médico. Mañana no tendré que comprar más comida para perros; aunque es una lástima, la flaca que vende ahí ya comenzaba a caerme bien. Quizá caigamos juntos en algún lado, por algún capricho de Dios, quizá sea en el médico el día de mañana. Yo no compraré comida para perros, y ella no la venderá.

Creo que hoy sí podré dormir; aunque me encanta desvelarme e ir a comprar el periódico con los ojos rojos, y ver el rostro preguntón del periodiquero que cree que aún fumo hierba. La única hierba que veo es la del jardín.. que pronto crecerá.

Me siento extraño porque escribo, creo que es eso, porque escribo sobre mí, con mi lamentable mejor amiga de cómplice; que aunque es chismosa en extremo y publica lo que vivo, y de seguro publicará lo que viviré sin ti, sigue siendo mi mejor cómplice y confidente. Como una sociedad de soledad.

En serio me siento muy extraño, y más que porque escribo sobre mí, de seguro es porque te escribo... pues te escribo como si estuvieras aquí, como si no supiera que no estarás mañana en la mañana, que ya no eres más una extensión de mi soledad. Te escribo como si mi vida te importara, o como si tuvieras aún una... por lo menos junto a mí.

Buenas noches.

jueves, enero 01, 2009

El egocéntrico escritor incierto


Es 31 de diciembre, Trujillo está un poco más agitado de lo normal, el año se acaba y, por moda mayormente, la gente busca el mejor lugar para recibirlo. Es un día de cábalas, supersticiones y demás humanadas sin sentido. Yo estoy en la plazuela Iquitos, sentado en una de las bancas, esperando a Kely, que está jugando a salvar al mundo (a su mundo). La tarde, así como el año, está por terminarse en poco tiempo. La gente camina, apurada, sin saber dónde comprar el calzón o calzoncillo amarillo, pues nadie sabe si la diosa fortuna es conocedora de marcas y no te acompañará si usas un calzoncillo de ambulante de la avenida España. Prendo el penúltimo cigarro de mi cajetilla, que lamentablemente está relleno de tabaco. La gente no me mira, no les importo, ni ellos a mí.

Pasan los minutos y mi paciencia se consume al compás de mi cigarro. No soy muy bueno para esperar, mucho menos si el mundo está siendo salvado, y no soy yo quien lo salva. La gente sigue caminando, apurada, supersticiosa, comprando cosas, hablando por celular, pensando dónde pasar el fin de año. No pasa mucho tiempo y mi cigarro se termina, y con él mi paciencia; pero, justo antes de ir en busca de Kely y ayudarla a salvar el mundo, aparece ella con su tía. Yo estoy un poco sorprendido y me siento levemente traicionado, no esperaba a la tía. Les escondo la mirada, disimulo que no las conozco, hago todo lo que puedo por no verlas caminar cerca a mí, saco el último cigarro de la cajetilla en una inútil acción evasiva; pero, todo es en vano. Kely se acerca y me dice: ¿nos quieres acompañar? Yo, declino. Prefiero dejar que ella y su tía salven solas al mundo.

Ella se va con su tía, yo tengo que esperarla unos minutos más. No las miro, ni de reojo. De pronto, siento un raro cosquilleo en el estómago; miro al cielo, que para este momento ya estaba oscuro, y siento que me siento un poco mal. Me duele un poco el estómago. Es roche, pienso. Debí ponerme calzoncillo amarillo, así tendría suerte, pienso también. Pasan unos segundos en los que trato de sentirme mejor, en los que examino lo que siento. Pasan unos segundos más y reacciono: Yo no creo en el 'roche' ni en los poderes del calzoncillo amarillo. ¡Yo soy un escritor! —me digo a mí mismo, como gritándome y como creyendo que en realidad soy un escritor—. La gente camina, no sabe que yo estoy un poco mal ni que acabo de gritarme que soy un escritor. No les importo, ni ellos a mí. Así que, respiro profundo y trato de sentirme mejor.

Pasan unos momentos más y Kely vuelve, con esa sonrisa tan linda que tiene siempre que salva algún mundo. Su tía no está, no sé donde fue ni quiero averiguarlo. Me pregunta si me molesté, lo pienso un momento y decido mentirle, así que le digo que no me molesté. Caminamos de la mano, como si nada hubiera pasado, por Gamarra, que está llena de gente, que está más insoportable de lo normal (Gamarra). Sigo sintiéndome mal, camino pensando en qué tengo y en que no soy un escritor, que no debí gritarme así. Ella me nota extraño, me pregunta que tengo, y yo, nuevamente decido mentirle, y le digo que no tengo nada. No quiero quitarle la alegría de haber salvado al mundo.

Estamos por el BCP de la avenida España y no soporto más, me siento muy mal, quiero vomitar, la cabeza me da vueltas, y no tengo explicación alguna para todo esto. ¿Será el roche por ver a la tía de Kely? ¿será que debí haberme puesto calzoncillo amarillo y de marca? ¿será que es la angustia por haberme gritado que soy escritor y en realidad creer que no lo soy? Sea lo que sea me siento mal. Kely lo nota; pero, ya no me pregunta más. Ahora ella está caminando, por lógica, mi vida no le importa.

No puedo más, me detengo en una esquina y siento que quiero arrojar todo lo que tengo en el estómago; siento que no soy ningún escritor y que quizá debí ponerme un calzoncillo amarillo de marca y quizá así no hubiera visto a la tía de Kely y no me sentiría así ahora. Siento muchas cosas, pienso pocas... pero, justo antes de entregarme a los brazos de esta enfermedad sin sentido aparente, recuerdo que puede que no sea un escritor, ni una persona con suerte; pero, tengo una certeza: Soy un orgulloso, un imbécil egoísta y egocéntrico, y eso lo sé sin dudas. Y de mi palabra y mis pensamientos no me retracto. Y si dije que no creo en el roche y que soy un escritor o que vivo en la Luna, quizá sea verdad. Así que, me trago el vómito que intenta salir de mí sin permiso alguno y levanto orgulloso la cabeza mientras me grito a mí mismo que ninguna nimiedad va a derrumbar mis ideas ni las demás estupideces que suelo pensar. Al terminar mi narcisita autocharla, me doy cuenta que Kely no se detuvo cuando me detuve yo, quizá está en busca de sus doce uvas, pienso. Miro a mi alrededor y sólo veo hordas de gente caminando, con las bolsas llenas de uvas y ropa interior amarilla. Corro buscando a Kely porque no quiero perderle el rastro y porque creo que es ella quien ahora se ha molestado conmigo, aunque no sé por qué. No quiero que se moleste, no toleraría perderla, aún tengo la espereanza de jugar a salvar al mundo juntos algún día. Mientras corro, la gente no me mira, no les importo, ni ellos a mí. Y es que si soy un escritor, soy un escritor incierto, incierto y muy narcisista, que no usará calzoncillo amarillo ni comerá uvas a las doce. De eso no tengo duda.

sábado, diciembre 27, 2008

Para mi amante, casquivana y mentirosa


Hoy me puse a pensar en la relación que tengo contigo. A pensar en cuánto es que me has utilizado todo este tiempo. En cómo alimentas mis sueños, que mantienes encerrados en jaulas de oro; jaulas, que sólo tú puedes abrir, y que es cierto, lo haces, pues sabes que pronto he de volver a ti, como todos los demás, para que mis sueños no mueran de hambre... pues ¿con qué me he de quedar si no es contigo y esta maldición tan sublime que me ha capturado, como capturados viven mis sueños en aquella jaula de oro que, según dices, hiciste para mí?

Esta estrecha relación, que acarrea a mi destino hacia el tuyo, es de infidelidad. Ahora no me cuesta decirlo. Infidelidad llena de mentiras sin caretas, mentiras que duelen, aunque no demasiado; mentiras que, tan mentirosas como sueles ser tú cuando te propones ser honesta, intentan decirme las más crudas verdades, esas que nadie, mucho menos yo, quiere escuchar.

Todo es sólo parte de tu juego, de tu complot, que es tan vil, tan suave y sutil, que me encanta, me hipnotiza y enardece mis neuronas y hormonas. Yo jamás quiero serte fiel, sé quién eres, eres casquivana y juguetona, sabes de besuqueos y demás artes para atrapar a los buscadores de cantos de sirena. Eres adorable y calculadora, tan fría y tan apasionada. Eres mi perfecta confesora, que, aunque sé que pronto me delatará, le confío toda mi vida, todo lo que tengo, que no por pocos momentos, eres tú. Sé qué es lo que ha de venir mañana (o quizá más tarde), y lo espero sin reparo alguno. Yo sólo quiero escapar de la rutina, a la que detesto igual que tú. Sólo quiero buscarte cuando deseé, y, cuando desees tú... hacer el amor.

No recibo ni recibiré nada de ti, lo sé y lo admito, al igual que admito que, yo también sé de infidelidades. Nos mentimos uno al otro, sin máscaras, con muchas mentiras a medias que suelen confabularse y hacerse una inquebrantable verdad, entre jaulas y libertades que no queremos. Nos amamos, y aunque sé que yo te amo más, sé también que es magia lo que discurre por mis dedos, cuando con tus migajas alimentas mis sueños y das vida a mis quimeras con ese toque de diosa que sólo tú tienes, cuando no me dejas ser libre, y a la vez, permites que se tan, pero tan libre... cuando estoy dentro de ti, intentando escribir.

martes, diciembre 23, 2008

¿El amor al alcohol?, no... El amor y el alcohol, sí

Ebrio (esto tiene que aclararse), Alguien, le escribe a su amada, las siguientes frases:

- Amor, desde que regresamos; no lo niego, he visto con deseos libidinosos a otras mujeres; pero, sabes, ninguna ha producido el efecto que tú produces en mí. A ninguna la deseo, como te deseo a ti. No te cambio por nada ni por nadie, espesa.

- Linda, quizá creas que soy impertinente con mis comentarios; pero, sabes, prefiero verte molesta un minuto, hasta pedirte disculpas, a verte aburrida junto a mí. Son sólo palabras que escapan de mí, para salir de esta rutina. Entiéndelo, te amo. ¡No te dejaré huir!

- Princesa, yo te amaré; aunque algún día me pidas que deje de hacerlo (quizá el día que te des cuenta que la bohemia nunca fue amiga, ni comadre, del amor). Aunque eso pase, yo te amaré, y seguiré posteando esa extraña sabiduría que sólo tú sabes transmitir a mi corazón, esa que ni tú conoces.

- Linda (again), aunque siempre te vilipendie, como me vilipendio a mi mismo; siempre ten en cuenta que te adoro; que borracho o no, siempre siento ésto, que es lo que me motiva a escribirte. Y que si se empieza a desvanecer de mí, te busco, porque no quiero dejar de sentirlo, no quiero dejar de sentirlo por ti... Pues el día que llegue ese día, dejaría de escribir, dejaría de pensar, dejaría de vivir... Pues ese día, mi vida perdería el único motivo por el que aún respira, arrojaría por la borda el último suspiro, e intento, de amor.

viernes, diciembre 19, 2008

Muertes indeseadas


Si tú mueres de sueño, yo podría morir de miedo al no verte, o al verte muerta podría morir de un susto, o morir de tristeza al ver cómo no puedo verte más. Ciego o no, creo que moriría escuchando alguna canción de Sabina, cualquiera menos Contigo, pues moriría antes de terminar el primer coro, y me encanta terminar de oir las canciones de Sabina.

Si yo muro de dolor, tú podrías morir de vergüenza en mi cremación, o podrías morir presa por asesinar a mi madre al conocerla en mi cremación; o cremada, es decir, con muchas cremas, cuando intentes buscar un nuevo novio que intente reemplazarme. Con nuevo novio o no, creo que morirías presa del desconcierto, al enterarte, cuando las investigaciones lleguen a buen puerto, que aquel dolor que causó mi muerte llevó tu nombre tatuado en la parte más oscura e indecorosa que pudo hallar: el alma.

Sé que no quieres morir, ni quieres que me muera; pero, la vida y la muerte es sólo un juego de los dioses romanos, quienes cedieron la posta a los dioses cristianos, que aún pelean con Buda, Alá y los demás para ver quién sigue jugando. Yo no juego más.

En resumen, si mueres tú (cosa que de ninguna forma deseo) o muero yo, terminaríamos, de alguna u otra forma, encontrándonos en el cementerio o en la otra vida, buscándonos nuevamente para amarnos con una locura de otro mundo, y ser felices, otra vez.

miércoles, diciembre 17, 2008

La vergüenza que me da darte vergüenza


Hoy tengo la cara cubierta con un manto oscuro, como verdugo, pues hoy soy mi propio verdugo, juez y parte de esta extraña desdicha tan dichosa. Soy una vergüenza, una deshonra, soy quien realmente soy, y me alegro de sentir esta vergüenza; aunque ésta besuquea, sin dar cabida, a mi poco cotidiana tristeza.

El nigérrimo manto que cubre mi vergonzoso rostro al parecer está manchado por los pecados que suelo cometer, pecados que quien siente vergüenza de mí no conoce, pecados que quizá debería contarle para consumar la vergüenza que al parecer produzco en ella; quizá no, y es que me da un poco de vergüenza roja, sólo un poco.

Hoy tengo un extraño sentimiento de tristeza que rodea mis vergonzosas lágrimas, que tímidamente escapan de estos geriátricos ojos, que necesitan urgente un pañal, un pañal oscuro, como oscuro es el color de el manto que es la prueba del castigo por mi deshonra, deshonra tan clara como cualquier día de verano, como cualquiera de esos días en que solía, y quizá suela, cometer pecados.

Hoy siento vergüenza y tengo el rostro cubierto por ello; pero, siento vergüenza porque tú sientes vergüenza por mí, y esta vergüenza no es mía, sino tuya, pues te da vergüenza la realidad y la verdad, realidad y verdad que no me avergüenzan. Hoy siento vergüenza, lo repito; pero, a este tipo de vergüenza suelen llamarle de otra manera, suelen llamarle vergüenza ajena.

sábado, diciembre 13, 2008

El espejo de la laptop


La tarde estaba respirando aún, aunque a duras penas. Estaba con ella en una banqueta de ese parque en el que todos, alguna vez, nos hemos sentado. Hablaba mucho (como casi siempre). Ella me escuchaba, quizá no con la atención que yo deseaba (pues siempre deseo demasiada atención a temas que, sinceramente, a nadie le interesan). Seguía hablando y mientras lo hacía miré al cielo, que se veía menos gris de lo normal. No sé si sólo lo pensé o se lo dije. Al fin y al cabo, ella no me escuchaba. Pensaba mucho en el cielo, así que, en ese momento, me callé.

Estábamos escuchando música, pues ese día llevé mi laptop, en la que elaboraríamos un currículo que, por cuestiones Office, no pudo hacerse. El ambiente se tornó muy silencioso. Creo que ella seguía simulando que me escuchaba. Nos amamos, lo sé; pero, estábamos ligeramente cansados, abrazados por un clima raro y, ella tenía ganas de irse a casa (aunque no lo decía).

Para cortar ese amargo silencio, traté de dar play a una canción, no recuerdo si de la ZG o de Sabina; pero, puedo estar seguro que era una canción que a ella no le interesaba.

La pantalla de la laptop parecía un espejo, en el que no se veía más que nuestros reflejos; así que, para darle play a la canción tuve que hacer ciertas maromas con la compu. Por fin, luego de un jugueteo buscando el puntero, logré dar play a la canción. Durante este tiempo, seguíamos en silencio.

Hice click en el botón de pausa. Le dije que escuche la canción, que tiene alguna letra escondida, que es de las que me gustan a mí. Ella, tan diplomática, tan encantadora, linda y enamorada de mí me dice que sí, que quiere oírla. No le creí nada; pero, deseaba que la escuchara así que di click de nuevo en el botón de pausa para reanudar la canción. Comenzó a sonar la música introductoria, que parecía interminable, y el silencio nos volvió a invadir.

De pronto me fijé en el espejo que se ha convertido la pantalla de la laptop. Vi los árboles, mis lentes, la vi a ella. Centré mi atención en ella, estaba realmente hermosa. La pantalla, en forma un poco más oscura, reflejaba el vaivén de su cabello, que se contorneaba con el leve susurrar del viento de aquella tarde que a duras penas respiraba; reflejaba también su rostro, con esa expresión que sólo ella tiene, que nada en el limbo entre la ternura y la sensualidad. Por un momento, sentí que estábamos en Huanchaco, sólos, que era comienzos de verano, que llevábamos años amándonos con locura y éramos unos idiotas que leían con frecuencia frente al mar, esos que caminan tomados de la mano por la playa al comenzar el día. Lo soñé realmente, viví esos momentos en aquel instante que veía su reflejo en el espejo que se había convertido la pantalla de mi laptop, mientras aquella canción que practicamente le obligaba a escuchar transcurría sin saber si ella la escuchaba o simplemente simulaba. Los soñé y los viví y, puedo dar fe, fui feliz. No se lo dije, o creo que sí, la verdad, no recuerdo.

Yo estaba hipnotizado; la canción seguía, y la verdad, en ese momento no me importaba. Nada me importaba más que la mujer que estaba a mi lado, acompañando a mi soledad, a cuestas de una gritada en su casa al llegar. La canción, como debería ser, terminó, y aquel momento mágico se terminó con aquella canción, pues ella cambió de expresión y viró su rostro hacía mí, que seguía hipnotizado, anonadado por aquella beldad.

No sé si ella escuchó la canción o no. No sé si ella me escuchaba mientras parloteaba como un chalado desde que comenzó aquella tarde. No sé si a ella le gustaron las canciones de los Beatles que le hice escuchar con letra traducida. Sólo sé que aquella tarde me enamoré de su reflejo, del vaivén de su cabello y la forma de nadar de su rostro. Sólo sé que de ella, me enamoré un poco más.

sábado, noviembre 22, 2008

De ciervos y leones poseídos

Mi abuela cree que existe Dios; yo no estoy tan seguro. Si existe, bien. Si no, ¡qué podemos hacer! Nadie es imprescindible, como dijo Ernesto Guevara.

Si existe un Dios, esta personificación de la esperanza y las quimeras de los hombres (pues los animales no tienen un Dios, por lo menos no uno que yo conozca), debe ser algo parecido al hombre. No porque lo diga la biblia (que mi abuela, al igual que millones de personas, suele leer), sino más bien por el hecho que de alguien tuvo que sacar el modelo Dios para crearnos. Al no existir más entes que Él, pues tenemos que parecernos a Él, su propia y perfecta inspiración.

Si la existencia de Dios es probable; la del diablo, para mí, no. El hombre es el demonio de sí mismo. Un ser tan excepcional, como debe ser Dios, no permitiría la existencia de un "rival": alguien que se le asemeje, pueda o intente hacerle frente (aunque es un Dios bondadoso según dicen). El hombre, en su juicio y raciocinio, es quien forja su propio demonio, su propio satanás, siendo la envidia la génesis de todos los demás males. La envidia que tienen, o tenemos, los menos favorecidos por Dios, hacia los más favorecidos por Él (que pocas veces suelen ser los que más le rezan).

Tengo en la mente las palabras de mi abuela. Hoy la oí decir: "el diablo existe hijito: entra en los hombres y les hace hacer las cosas malas. Tienes que tener cuidado".

Este pensamiento, para mí, es completamente equívoco. Es como afirmar que un león está "poseído", que el demonio ha entrado en él porque asesina un ciervo. Es parte de su naturaleza, de su instinto. El hombre, que no es como el león, pues posee inteligencia superior, tiene el libre albedrío o la capacidad de discernir entre lo que a él le parece correcto, justo, bueno o mejor para sí mismo de lo que no. No creo que el diablo, como dice mi abuela, entre a nuestro cuerpo y nos obligue a hacer algo que nosotros no queramos muy dentro de nosotros. El diablo, aquel enemigo de Dios, que antes de luchar ya está condenado a una celestial derrota (según he leído), no existe más que dentro de cada uno de nosotros, como parte vital de nuestros propios deseos de superación, pues la maldad de los hombres genera muchas veces el progreso de la sociedad (no todas; pero, al menos el tiempo y la mano invisible de Adam Smith así lo han demostrado). Entonces no hay forma de que el diablo, esta personificación de la maldad, "entre", pues siempre estuvo y estará con cada uno de nosotros. Somos nuestro propio satán, y por ende un satán en potencia para la sociedad. Somos un ciervo que puede convertirse en un león (que quizá alimente a los ciervos o se alimente de ellos, eso aún no está claro), está en nosotros el desarrollarlo o no.

A fin de cuentas, si mi abuela tiene razón, es decir, si el diablo existe, como dicen que existe Dios, en estos momentos debe haber entrado en mí. Hace que afirme y escriba que no existe, que ponga en tela de juicio la existencia de su archienemigo, Dios. Si ha entrado o no en mí, la única respuesta, la tengo yo (aunque no me la diga a mí mismo); o en todo caso, Dios, que debe conocer el por qué de las cosas.

Quizá soy yo el único león que quiere ser un ciervo alimentado por leones.

domingo, noviembre 09, 2008

Escapando de mamá (¿qué niño no?)


Hoy estoy ebrio de tantas palabras (diatribas que coquetean con mis más tétricos deseos). Me he cansado de caminar a un lugar que no sé si quiero conocer. No quiero herir a mi familia, en especial a mi madre; pero tengo la desidia de sus actos junto a mí en cada almuerzo de domingo y no lo soporto más. No soporto ver escayoladas mis ilusiones, ni que éstas se fundan junto a los prospectos de mi madre en este extraño molde egoísta, que no es mío, que nunca fue mío. Por eso tomo un respiro hoy, porque la quiero, y no la quiero perder.

Mi madre sueña con alejarme de esta vida pagana (que lamentablemente de pagana no tiene nada) y hacer de mí un misionero, un predicador de sus doctrinas privadas y sin comprobar —no uno que vaya a predicar en sí, sino más bien que vaya a conocer el mundo y hacer orgullosa a mamá con un recuerdo—. La iglesia es un papel muy importante en la vida de mi madre, es una especie de refugio a sus lamentos, un invernadero donde poder conversar larga y exageradamente con un Dios que quiere oírla más que su familia. Por eso cuando pienso en ella (mi madre) miro a la derecha, tratando de entender si el ser zurdo de pensamiento es quizá un castigo de su Dios (que es también mi Dios según sus palabras) y que en mí ella sólo busca que vea lo que ella no puede ver de aquel maravilloso Dios al cual ama.

Pese a todo, sé que mi madre me ama (no tanto como a Dios; pero me ama), y en su alma sólo hay buenas intenciones (con métodos bastante heterodoxos), y que como hijo no me corresponde romper esas ilusiones y hacerle sentir mal siendo quien soy. Por lo menos no ahora, pues mi madre es un ser difícil. Por eso siempre espero tranquilo que el día termine, que mi madre enfoque su egoísmo en sus imperturbables sueños. Esos sueños donde quizá sea la reina que merece ser, viviendo en ese mundo perfecto de oraciones, esmog e infinidad de dinero que ella quiere para su familia. Creo que es feliz durmiendo junto a sus quimeras; mas yo no.

Pero alguna mañana, de algún día cualquiera de cualquier otoño, yo me habré ido con alguna otra mujer sin avisarle. Cuando ese día llegue, junto a esa mujer me perderé, en avernos donde mi madre no podrá ir a buscarme e intentar expiarme de las calamidades que conmigo vendrán, y se resignará por fin a amarme por quién soy. Espero ese día no lastimar a mi madre, ni mermar su extraña felicidad. Espero también que sea la mujer que hoy me acompaña esa mujer que esté junto a mí en aquel averno, pues la he llegado a querer bastante y necesito de sus caricias y besos para ser más feliz, y ayer le dije que la amo, y no le mentí, como le mentí a mi madre, a la que no podría decir te amo sin pensar que miento; pero que se está ganando mi amor con cada nueva riña de domingo.

miércoles, noviembre 05, 2008

La llamada, la cojudez

Estaba frente a la PC, chequeando algunas páginas y chateando con unos amigos (intentando reírme un poco de este día, de toda esta perecita acumulada). De pronto, me percaté que era alrededor de la medianoche. Le había prometido a Kely que la llamaría para interrumpir su dulce sueño (aún cuando esto sea para mí un acto salvaje y criminal contra la sacra tranquilidad de mi adorada Kelyta, es algo que a ella le gusta —por lo menos, es lo que me dice—), así que, decidí salir a llamarla desde un teléfono público que está no muy lejos de mi casa —desde mi hogar no puedo llamarla: mi madre destruyó el teléfono fijo hace poco más de un año, en un cotidiano ataque de locura, y mi móvil, pues rara vez tiene crédito para hacer llamadas—. Salí de mi casa hecho un zarrapastroso: con el polo roto, dos sandalias izquierdas, las medias disparejas (una gris y otra blanca) y completamente desaliñado (poco más de lo normal). Tenía demasiada pereza para cambiarme o lavarme el rostro para salir a llamar. A medianoche no hay nadie que te joda, hasta los choros están durmiendo (por lo menos por mi casa sí).

Salí de mi casa resuelto a no cagarme de frío (recordando la tonta idea que el frío es sicológico —esa que se suele utilizar para engañar a los cojudos que, como yo, no tienen algo limpio que les abrigue en esos momentos—) y poder así arreglar con Kely para vernos al siguiente día. Caminé hacia el teléfono por la ruta ya acostumbrada —no era la primera vez que despertaba a Kely de su lindo sueño para molestarla con mi nociva voz—. Extrañamente, no hubo ladrones, meones, drogadictos, etc. Todo fue felicidad.

Llegué al teléfono; pero, un tío gordo con aspecto de borracho estaba frente a la máquina, a unos metros estaba parada una señora (que supuse era su esposa), que tenía en brazos a un bebé que lloraba y que supuse era de él. Esperé que llamara, recordando que el frío es sicológico y que yo creía en los poderes sobrenaturales de la sicología, pensando en lo que conversaría con Kely en unos momentos, y más que nada, en el roche que estaba pasando vestido así frente a esa señora y su bebé que, sin dejar de llorar, no paraba de mirarme mientras su mamá le decía cosas al oído. ¡Qué vergüenza! Tan zarrapastroso como para pasar de cuco no estaba —creo yo—. En mi bolsillo sólo tenía un sol y sabía que esa monedita color plata no me alcanzaría para conversar con Kely todo lo que pensaba decirle y lo que en esos momentos saldría de mi ser (que de por sí incluía la historia del bebé que me mira y que ahora cree que soy el cuco por palabras de mamá).

No pasaron muchos segundos y el tío estalló en rabia, gritando que el teléfono estaba cagado, que se tragó sus monedas —mientras yo me daba cuenta que no estaba borracho, por lo menos no como creía—. Mierda —pensé yo— ahora de donde la llamo. Tendré que arrastar mi pereza unas cuadras más, con las medias de diferente color, las dos sandalias izquierdas y el polito, que ahora parece estar más roto que antes —me dije a mí mismo— (me había estremecido y recordaba que eso sí era un problema sicológico). El tío le metió un par de golpes al teléfono, intentando, sin éxito, recuperar las monedas que yacían dentro de la tragaperras. Se alejó del fono y, porque no tenía la menor idea de donde había otro teléfono desde el cual llamar y ya me estaba cagando del frío y la vergüenza, me acerqué al teléfono a probar si mi tan miope suerte por fin hoy se dio cuenta de mi existencia.

El tío se retiró con la señora y el bebé. Supuse que creía que quería robarle las monedas que él había dejado en ese teléfono, por la forma como se iba: lentamente, sin quitarme la mirada (y ciertamente mis fachas podían darle la razón). Me hice el desinteresado. Tanta huevada por unos soles que puso —pensé mientras intentaba que el teléfono me devolviera el dinero que él colocó—. Al ver sin éxito mis intentos, coloqué mi único sol en la ranura, le di un besito que supo a mierda y elevé una mini plegaria para no perderlo y poder llamar a Kely; y así, darle algún sentido a estos minutos que habían pasado desde que salí de mi casa, con las medias de diferente color, las dos sandalias izquierdas (que ya comienzan a joder) y el polo, que con cada mirada, parece romperse más. Enseguida, ingresé la moneda y, repentinamente, me di cuenta de mi colosal estupidez: no había descolgado el fono antes de colocar la moneda. ¡La puta madre. Esta porquería! —exclamé sin recelo—. Golpeé el fono (como si eso fuera a darme una solución) y le hablé al teléfono, pidiéndole encarecidamente que se fuera a la mismísima mierda (como si eso fuera a devolverme mi plateada monedita o como si un teléfono pudiera contestarme, que si pudiera hacerlo me manda a la mierda a mí también y quizá hasta me pega por lanzarle semejantes diatribas).

Hecho un despojo, creyendo que en esos momentos el tío gordo se burlaba de mí junto al bebé, y con la impotencia de no haber oído la dulce voz de mi Kelyta cuando recién se despierta y sabe decirme: "Hola, estaba durmiendo amor". Regresé a mi casa, derrotado, cagándome de frío y de vergüenza, con las dos sandalias izquierdas, el sinsabor de haber perdido diez minutos de chat con mis amigos (calientito en mi hogar) y sobretodo, con el polo rotísimo de tanto mirarlo por la cólera. Puta madre, apareció un problema sicológico más.