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sábado, julio 11, 2009

11-5-17-26


No es que tuviera muchos "amores de mi vida"; tuve muchas vidas, y en cada una de ellas... tuve un amor.

viernes, julio 10, 2009

Inspección mental


Murió Marco Antonio. A la mieeerda... Mataron al chivo. La cagada, ¿quién habrá sido? ¿El mismo que mató a Alicia Delgado? No, ni cagando... Pero ¿por qué? ¿Y alicia? La cagaron a Abencia, se olvidan justo del asunto cuando ella ya está presa. La cagada. Conchasumare' y qué suerte la gente de la tele, noticia tras noticia. Sacarán un huevo de dinero ahí, ¿aunque de dónde?. La cagada... Qué tal cortina de humo también. No sé por qué dedican tanto tiempo a esas muertes, de nada sirve, seguro y no hay más noticias jajaja... Ni la gripe porcina conchasumadre. Algún día así morirá Charly, o cualquier otro, ojalá sea pronto, aunque no, putamare'... Todos terminamos muriendo, no importa cuánto ni cómo vivamos, igual vamos a morir. Qué huevada, qué huevada que es Coelho también, muy esquematizado... Lástima que no sea el gobierno el que manda a matar a la gente, eso lo haría más interesante, aunque quizá nunca sabremos. ¿Cómo sería ver una muerte no? Por eso no di vuelta a ver el taxi cuando bajé del micro hoy... Conchasumare' mataron a Marco Antonio, murió el cabro.... Ah verdad, no soy homofóbico, aunque esto resultó muy lisuriento, putamadre.

domingo, junio 07, 2009

Egocéntrico otoñal


Alzo mi voz; mas nadie la escucha.
Irrumpo en llanto;
pero aún sigue lloviendo.
Callo miles de veces, y miles de veces más me tropiezo;
pero la gente camina sobre mí, como si volasen,
como si yo no volase.

Intento escuchar el palpitar de su alma,
mas son seres inertes.
El dolor humano no es químicamente compatible con ellos,
¿existirá el dolor humano en realidad entonces?

Soy un filántropo olvidado,
dibujo quimeras con mis labios sin sonido,
y mi nariz no respira aires de cambio.
Soy la manecilla del reloj de la vida,
compro desgracias que transformo en alegrías.

Soy un grito de aletra entre la muchedumbre,
la calle respira el aire que huye mí.
Abro mis ojos, mas no veo nada.
Cierro mis ojos... Creo que ya no existo.

sábado, abril 25, 2009

R
-3
--C
---U
----3
-----N
------T
-------0


    Miles de kilómetros he caminado, desde hace ya tantos años... Aún es incierto el camino; al igual que el destino de quien escribe mientras sigue este errático sendero —anti-luminoso—. Son tantas caídas. Tantas alegrías. Tantas melancolías. Son tantas y tan pocas, mis penas, las que han muerto o que están por perecer.

    Mantengo firme el paso, sincero y siniestro, pues el ritmo, con los años y los golpes se adquiere. Así es: experiencia. Es por ella que termino siendo quien comienzo a ser. Es por ella que comienzo a ser quien debí terminar siendo. Porque la vida sigue siendo un único círculo, errático y vicioso. Y hoy tengo empañada la visión... y no sé si quien está delante de mí, es la primera... o es la última... con quién vivir. 

viernes, febrero 27, 2009

Fragmento de CINCO

Tú no lo 5abe5...

Pero ere5 canto, afición, adicción,

dedicación, vicio, pa5ión,

diver5ión, 5ueño, pena, alegría,

dicha, 5eriedad, 5inceridad,

mentira de mentira5, realidad de realidade5,

ere5 día, noche, luna, 5ol, repetición,

ere5 Chileno5, Café Arte, combi5 de letra "A" y "D",

ere5 caminata, de5canzo,

ere5 de5eo, enero y de5eo de cambiar.

Gomita5, chocolate5, prince5a5, MI PRINCE5A,

tropezone5, pelea5, mi5terio5,

o5curidad, claridad,

¡ere5 mi chica linda!

Efeméride de colore5,

y a la vez un color:




...El de mi vida.

jueves, enero 01, 2009

El egocéntrico escritor incierto


Es 31 de diciembre, Trujillo está un poco más agitado de lo normal, el año se acaba y, por moda mayormente, la gente busca el mejor lugar para recibirlo. Es un día de cábalas, supersticiones y demás humanadas sin sentido. Yo estoy en la plazuela Iquitos, sentado en una de las bancas, esperando a Kely, que está jugando a salvar al mundo (a su mundo). La tarde, así como el año, está por terminarse en poco tiempo. La gente camina, apurada, sin saber dónde comprar el calzón o calzoncillo amarillo, pues nadie sabe si la diosa fortuna es conocedora de marcas y no te acompañará si usas un calzoncillo de ambulante de la avenida España. Prendo el penúltimo cigarro de mi cajetilla, que lamentablemente está relleno de tabaco. La gente no me mira, no les importo, ni ellos a mí.

Pasan los minutos y mi paciencia se consume al compás de mi cigarro. No soy muy bueno para esperar, mucho menos si el mundo está siendo salvado, y no soy yo quien lo salva. La gente sigue caminando, apurada, supersticiosa, comprando cosas, hablando por celular, pensando dónde pasar el fin de año. No pasa mucho tiempo y mi cigarro se termina, y con él mi paciencia; pero, justo antes de ir en busca de Kely y ayudarla a salvar el mundo, aparece ella con su tía. Yo estoy un poco sorprendido y me siento levemente traicionado, no esperaba a la tía. Les escondo la mirada, disimulo que no las conozco, hago todo lo que puedo por no verlas caminar cerca a mí, saco el último cigarro de la cajetilla en una inútil acción evasiva; pero, todo es en vano. Kely se acerca y me dice: ¿nos quieres acompañar? Yo, declino. Prefiero dejar que ella y su tía salven solas al mundo.

Ella se va con su tía, yo tengo que esperarla unos minutos más. No las miro, ni de reojo. De pronto, siento un raro cosquilleo en el estómago; miro al cielo, que para este momento ya estaba oscuro, y siento que me siento un poco mal. Me duele un poco el estómago. Es roche, pienso. Debí ponerme calzoncillo amarillo, así tendría suerte, pienso también. Pasan unos segundos en los que trato de sentirme mejor, en los que examino lo que siento. Pasan unos segundos más y reacciono: Yo no creo en el 'roche' ni en los poderes del calzoncillo amarillo. ¡Yo soy un escritor! —me digo a mí mismo, como gritándome y como creyendo que en realidad soy un escritor—. La gente camina, no sabe que yo estoy un poco mal ni que acabo de gritarme que soy un escritor. No les importo, ni ellos a mí. Así que, respiro profundo y trato de sentirme mejor.

Pasan unos momentos más y Kely vuelve, con esa sonrisa tan linda que tiene siempre que salva algún mundo. Su tía no está, no sé donde fue ni quiero averiguarlo. Me pregunta si me molesté, lo pienso un momento y decido mentirle, así que le digo que no me molesté. Caminamos de la mano, como si nada hubiera pasado, por Gamarra, que está llena de gente, que está más insoportable de lo normal (Gamarra). Sigo sintiéndome mal, camino pensando en qué tengo y en que no soy un escritor, que no debí gritarme así. Ella me nota extraño, me pregunta que tengo, y yo, nuevamente decido mentirle, y le digo que no tengo nada. No quiero quitarle la alegría de haber salvado al mundo.

Estamos por el BCP de la avenida España y no soporto más, me siento muy mal, quiero vomitar, la cabeza me da vueltas, y no tengo explicación alguna para todo esto. ¿Será el roche por ver a la tía de Kely? ¿será que debí haberme puesto calzoncillo amarillo y de marca? ¿será que es la angustia por haberme gritado que soy escritor y en realidad creer que no lo soy? Sea lo que sea me siento mal. Kely lo nota; pero, ya no me pregunta más. Ahora ella está caminando, por lógica, mi vida no le importa.

No puedo más, me detengo en una esquina y siento que quiero arrojar todo lo que tengo en el estómago; siento que no soy ningún escritor y que quizá debí ponerme un calzoncillo amarillo de marca y quizá así no hubiera visto a la tía de Kely y no me sentiría así ahora. Siento muchas cosas, pienso pocas... pero, justo antes de entregarme a los brazos de esta enfermedad sin sentido aparente, recuerdo que puede que no sea un escritor, ni una persona con suerte; pero, tengo una certeza: Soy un orgulloso, un imbécil egoísta y egocéntrico, y eso lo sé sin dudas. Y de mi palabra y mis pensamientos no me retracto. Y si dije que no creo en el roche y que soy un escritor o que vivo en la Luna, quizá sea verdad. Así que, me trago el vómito que intenta salir de mí sin permiso alguno y levanto orgulloso la cabeza mientras me grito a mí mismo que ninguna nimiedad va a derrumbar mis ideas ni las demás estupideces que suelo pensar. Al terminar mi narcisita autocharla, me doy cuenta que Kely no se detuvo cuando me detuve yo, quizá está en busca de sus doce uvas, pienso. Miro a mi alrededor y sólo veo hordas de gente caminando, con las bolsas llenas de uvas y ropa interior amarilla. Corro buscando a Kely porque no quiero perderle el rastro y porque creo que es ella quien ahora se ha molestado conmigo, aunque no sé por qué. No quiero que se moleste, no toleraría perderla, aún tengo la espereanza de jugar a salvar al mundo juntos algún día. Mientras corro, la gente no me mira, no les importo, ni ellos a mí. Y es que si soy un escritor, soy un escritor incierto, incierto y muy narcisista, que no usará calzoncillo amarillo ni comerá uvas a las doce. De eso no tengo duda.

miércoles, diciembre 17, 2008

La vergüenza que me da darte vergüenza


Hoy tengo la cara cubierta con un manto oscuro, como verdugo, pues hoy soy mi propio verdugo, juez y parte de esta extraña desdicha tan dichosa. Soy una vergüenza, una deshonra, soy quien realmente soy, y me alegro de sentir esta vergüenza; aunque ésta besuquea, sin dar cabida, a mi poco cotidiana tristeza.

El nigérrimo manto que cubre mi vergonzoso rostro al parecer está manchado por los pecados que suelo cometer, pecados que quien siente vergüenza de mí no conoce, pecados que quizá debería contarle para consumar la vergüenza que al parecer produzco en ella; quizá no, y es que me da un poco de vergüenza roja, sólo un poco.

Hoy tengo un extraño sentimiento de tristeza que rodea mis vergonzosas lágrimas, que tímidamente escapan de estos geriátricos ojos, que necesitan urgente un pañal, un pañal oscuro, como oscuro es el color de el manto que es la prueba del castigo por mi deshonra, deshonra tan clara como cualquier día de verano, como cualquiera de esos días en que solía, y quizá suela, cometer pecados.

Hoy siento vergüenza y tengo el rostro cubierto por ello; pero, siento vergüenza porque tú sientes vergüenza por mí, y esta vergüenza no es mía, sino tuya, pues te da vergüenza la realidad y la verdad, realidad y verdad que no me avergüenzan. Hoy siento vergüenza, lo repito; pero, a este tipo de vergüenza suelen llamarle de otra manera, suelen llamarle vergüenza ajena.

lunes, diciembre 08, 2008

Nothing is real


Han pasado 28 años desde la muerte de John Lennon, Chapman sigue tras las rejas (pese a que hace casi 8 años temrinó su condena). Yo, que vivo enamorado de la música de Lennon por herencia de mi padre, me encuentro frente a este teclado escribiendo sin saber a ciencia cierta qué escribir. ¿Cómo escribir algo que no se sepa de esta leyenda de la música y el pensamiento?

Sólo puedo recordarlo dejando de lado a Bob Marley y los demás hoy, y elogiando junto a mi padre su música, que con los Beatles o sin ellos, fue, es, y sigue siendo maravillosa.

Lennon: pacifista, músico, pensador, eterno amante de los sueños. Lennon, que compró el boleto a la inmortalidad con el legado que dejó a todos los que le escuchamos y, a quienes tienen que aguantarnos cuando nos apasionamos sobremanera hablando de él, de su música, de su vida.

Han pasado 28 años; pero, nothing is real...

domingo, diciembre 07, 2008

Redentora

Esta es una noche un poco oscura, un poco más de lo normal. La nubocidad que le rodea, perturba aún más la búsqueda que él ha emprendido de esa estrella, que él ha soñado y ha tenido en su poder en esos sueños. Con mirada de atardecer, mira al cielo preguntando si existe alguna respuesta, sincera o no, para aquellas querellas. En ese momento, justo antes de rezar, recordó que él no cree en Dios. Puta madre.

Camina por el sendero de la melancolía. Ahí, en la esquina de la memoria, están las putas y demás mujeres que solían acompañarlo en antaño. Mujeres que ya no le cobran alquiler, que ya no le preguntan la hora, pues compraron un reloj con lo que él les pagaba. Él tiene reminiscencias, algún pequeño flashback semanal de sábanas calientes, cajones llenos y hoteles de carretera. Como se escribe antes, las putas no le cobran más alquiler, ni si quiera por pensarlas; mucho menos, las demás mujeres.

Continúa su camino, sin rumbo alguno. Este sendero tiene muchas salidas, muchas callejuelas, todas ellas llenas de más putas y más recuerdos. Frente a él está el único muro de este sendero, el único camino que parece no tener salida aparente. Él mira al cielo, y parece ser, quizá en algún rosicler espejismo, que la estrella de sus sueños hace por fin su sacra aparición. Un viento confuso inunda el ambiente un segundo, pues la estrella parece guiarlo hacia aquel muro. Él, sin objeción alguna, camina hacia el muro, en busca de su nuevo destino.

De aquel muro se extiende una mano, que parece ser una transformación de aquella estrella. Esta mano es tan suave, tan diferente a lo que él ha conocido antes. Él, sin mayor comprensión, la intenta tocar; pero, sus manos son muy toscas para aquella mano de brillo intenso. Él está acostumbrado a otras manos, a las que terminó por comprar relojes, con las que jugaba a ser una especie de maldad, algún bonachón de cabronas jugadas. Ella es distinta, si no se percata de ello, no podrá extender su mano hacia ella, para librarla de aquella prisión de puertas abiertas.

La mano es la génesis de el hada que con ella ha de venir, aquella diosa que desde el momento que aparezca, él aprenderá a venerar. Está escrito, en algún tonto libro que él leyó, que le sará muy dificil comprenderla, que este ser tan sagrado será tan diferente a su lúgubre y bochornoso pasado, que él deberá domesticar sus quimeras, modificar sus pensamientos (sólo un poco), virar sus utopías y pagar el saldo final a sus recuerdos. Él tendrá que entenderla, porque ella será lo mejor para él, y sólo él tiene la capacidad y la idiotez apocalíptica para dejarla marcharse.

Él aún no lo sabe; pero, ella es la redentora de las almas que habitan en su mundo. Un mundo que, para cualquier efecto, él ha creado para sí mismo, para ser la única alma (si es que tiene sólo una) que habita aquel mundo. La salvación de aquel mundo de juguete y de cigarros jamaiquinos, de ese mundo que es de mentira, aún siendo de verdad, al igual que la de los cristianos, sólo depende de quienes habitan el mundo que se planea salvar. En este caso, para cualquier efecto, de él.

domingo, noviembre 09, 2008

Escapando de mamá (¿qué niño no?)


Hoy estoy ebrio de tantas palabras (diatribas que coquetean con mis más tétricos deseos). Me he cansado de caminar a un lugar que no sé si quiero conocer. No quiero herir a mi familia, en especial a mi madre; pero tengo la desidia de sus actos junto a mí en cada almuerzo de domingo y no lo soporto más. No soporto ver escayoladas mis ilusiones, ni que éstas se fundan junto a los prospectos de mi madre en este extraño molde egoísta, que no es mío, que nunca fue mío. Por eso tomo un respiro hoy, porque la quiero, y no la quiero perder.

Mi madre sueña con alejarme de esta vida pagana (que lamentablemente de pagana no tiene nada) y hacer de mí un misionero, un predicador de sus doctrinas privadas y sin comprobar —no uno que vaya a predicar en sí, sino más bien que vaya a conocer el mundo y hacer orgullosa a mamá con un recuerdo—. La iglesia es un papel muy importante en la vida de mi madre, es una especie de refugio a sus lamentos, un invernadero donde poder conversar larga y exageradamente con un Dios que quiere oírla más que su familia. Por eso cuando pienso en ella (mi madre) miro a la derecha, tratando de entender si el ser zurdo de pensamiento es quizá un castigo de su Dios (que es también mi Dios según sus palabras) y que en mí ella sólo busca que vea lo que ella no puede ver de aquel maravilloso Dios al cual ama.

Pese a todo, sé que mi madre me ama (no tanto como a Dios; pero me ama), y en su alma sólo hay buenas intenciones (con métodos bastante heterodoxos), y que como hijo no me corresponde romper esas ilusiones y hacerle sentir mal siendo quien soy. Por lo menos no ahora, pues mi madre es un ser difícil. Por eso siempre espero tranquilo que el día termine, que mi madre enfoque su egoísmo en sus imperturbables sueños. Esos sueños donde quizá sea la reina que merece ser, viviendo en ese mundo perfecto de oraciones, esmog e infinidad de dinero que ella quiere para su familia. Creo que es feliz durmiendo junto a sus quimeras; mas yo no.

Pero alguna mañana, de algún día cualquiera de cualquier otoño, yo me habré ido con alguna otra mujer sin avisarle. Cuando ese día llegue, junto a esa mujer me perderé, en avernos donde mi madre no podrá ir a buscarme e intentar expiarme de las calamidades que conmigo vendrán, y se resignará por fin a amarme por quién soy. Espero ese día no lastimar a mi madre, ni mermar su extraña felicidad. Espero también que sea la mujer que hoy me acompaña esa mujer que esté junto a mí en aquel averno, pues la he llegado a querer bastante y necesito de sus caricias y besos para ser más feliz, y ayer le dije que la amo, y no le mentí, como le mentí a mi madre, a la que no podría decir te amo sin pensar que miento; pero que se está ganando mi amor con cada nueva riña de domingo.

miércoles, noviembre 05, 2008

La llamada, la cojudez

Estaba frente a la PC, chequeando algunas páginas y chateando con unos amigos (intentando reírme un poco de este día, de toda esta perecita acumulada). De pronto, me percaté que era alrededor de la medianoche. Le había prometido a Kely que la llamaría para interrumpir su dulce sueño (aún cuando esto sea para mí un acto salvaje y criminal contra la sacra tranquilidad de mi adorada Kelyta, es algo que a ella le gusta —por lo menos, es lo que me dice—), así que, decidí salir a llamarla desde un teléfono público que está no muy lejos de mi casa —desde mi hogar no puedo llamarla: mi madre destruyó el teléfono fijo hace poco más de un año, en un cotidiano ataque de locura, y mi móvil, pues rara vez tiene crédito para hacer llamadas—. Salí de mi casa hecho un zarrapastroso: con el polo roto, dos sandalias izquierdas, las medias disparejas (una gris y otra blanca) y completamente desaliñado (poco más de lo normal). Tenía demasiada pereza para cambiarme o lavarme el rostro para salir a llamar. A medianoche no hay nadie que te joda, hasta los choros están durmiendo (por lo menos por mi casa sí).

Salí de mi casa resuelto a no cagarme de frío (recordando la tonta idea que el frío es sicológico —esa que se suele utilizar para engañar a los cojudos que, como yo, no tienen algo limpio que les abrigue en esos momentos—) y poder así arreglar con Kely para vernos al siguiente día. Caminé hacia el teléfono por la ruta ya acostumbrada —no era la primera vez que despertaba a Kely de su lindo sueño para molestarla con mi nociva voz—. Extrañamente, no hubo ladrones, meones, drogadictos, etc. Todo fue felicidad.

Llegué al teléfono; pero, un tío gordo con aspecto de borracho estaba frente a la máquina, a unos metros estaba parada una señora (que supuse era su esposa), que tenía en brazos a un bebé que lloraba y que supuse era de él. Esperé que llamara, recordando que el frío es sicológico y que yo creía en los poderes sobrenaturales de la sicología, pensando en lo que conversaría con Kely en unos momentos, y más que nada, en el roche que estaba pasando vestido así frente a esa señora y su bebé que, sin dejar de llorar, no paraba de mirarme mientras su mamá le decía cosas al oído. ¡Qué vergüenza! Tan zarrapastroso como para pasar de cuco no estaba —creo yo—. En mi bolsillo sólo tenía un sol y sabía que esa monedita color plata no me alcanzaría para conversar con Kely todo lo que pensaba decirle y lo que en esos momentos saldría de mi ser (que de por sí incluía la historia del bebé que me mira y que ahora cree que soy el cuco por palabras de mamá).

No pasaron muchos segundos y el tío estalló en rabia, gritando que el teléfono estaba cagado, que se tragó sus monedas —mientras yo me daba cuenta que no estaba borracho, por lo menos no como creía—. Mierda —pensé yo— ahora de donde la llamo. Tendré que arrastar mi pereza unas cuadras más, con las medias de diferente color, las dos sandalias izquierdas y el polito, que ahora parece estar más roto que antes —me dije a mí mismo— (me había estremecido y recordaba que eso sí era un problema sicológico). El tío le metió un par de golpes al teléfono, intentando, sin éxito, recuperar las monedas que yacían dentro de la tragaperras. Se alejó del fono y, porque no tenía la menor idea de donde había otro teléfono desde el cual llamar y ya me estaba cagando del frío y la vergüenza, me acerqué al teléfono a probar si mi tan miope suerte por fin hoy se dio cuenta de mi existencia.

El tío se retiró con la señora y el bebé. Supuse que creía que quería robarle las monedas que él había dejado en ese teléfono, por la forma como se iba: lentamente, sin quitarme la mirada (y ciertamente mis fachas podían darle la razón). Me hice el desinteresado. Tanta huevada por unos soles que puso —pensé mientras intentaba que el teléfono me devolviera el dinero que él colocó—. Al ver sin éxito mis intentos, coloqué mi único sol en la ranura, le di un besito que supo a mierda y elevé una mini plegaria para no perderlo y poder llamar a Kely; y así, darle algún sentido a estos minutos que habían pasado desde que salí de mi casa, con las medias de diferente color, las dos sandalias izquierdas (que ya comienzan a joder) y el polo, que con cada mirada, parece romperse más. Enseguida, ingresé la moneda y, repentinamente, me di cuenta de mi colosal estupidez: no había descolgado el fono antes de colocar la moneda. ¡La puta madre. Esta porquería! —exclamé sin recelo—. Golpeé el fono (como si eso fuera a darme una solución) y le hablé al teléfono, pidiéndole encarecidamente que se fuera a la mismísima mierda (como si eso fuera a devolverme mi plateada monedita o como si un teléfono pudiera contestarme, que si pudiera hacerlo me manda a la mierda a mí también y quizá hasta me pega por lanzarle semejantes diatribas).

Hecho un despojo, creyendo que en esos momentos el tío gordo se burlaba de mí junto al bebé, y con la impotencia de no haber oído la dulce voz de mi Kelyta cuando recién se despierta y sabe decirme: "Hola, estaba durmiendo amor". Regresé a mi casa, derrotado, cagándome de frío y de vergüenza, con las dos sandalias izquierdas, el sinsabor de haber perdido diez minutos de chat con mis amigos (calientito en mi hogar) y sobretodo, con el polo rotísimo de tanto mirarlo por la cólera. Puta madre, apareció un problema sicológico más.

sábado, noviembre 01, 2008

El peor de mis demonios.


¡Qué sentimiento para más extraño! Recién hoy me percaté que mi vida a virado radicalmente. Mis días ahora se planifican de a dos, es una sensación un poco extraña para mí el preguntarle a alguien un "¿te parece bien?" —era demasiado egoista para todo esto, ahora estoy claudicando—. Aún no puedo creer que prefiera ir al cine antes que ir a tomar unos vinos con los amigos de siempre —y eso sí que es muy extraño, pues no me gusta el cine—. He caminado decenas de cuadras sin hacer una sola queja que no sea una broma, cada uno de tus besos renueva el bosal de mi muy deprimente pereza. Esto es colosal: he dejado de ver los dibujos animados que me acompañaban todas las tardes, ahora me dedico a ser el empleado de la empleada del mes; y aunque me encanta caminar junto a ti, extraño sentarme en el sofá y estar pegado al televisor hasta dormir —qué depresivo tan hilarante—. Sabes, cada día trato de fumar menos; la verdad, no porque me lo hallas dicho, sino que quiero ahorrar algún sencillo para llamarte por teléfono, caminar unas cuantas cuadras a medianoche no le hace mal a nadie, mucho menos a mí. Hay algo que debo agradecerte a manera especial: mi celular ahora tiene crédito, ¡puedes creerlo! —para timbrar; pero, bueno, ¿así se empieza, no?—. Como dantesco colofón, acá viene lo que más me hace estremecer, lo que me sorprende a mi mismo en sobremanera: he tratado de caerle bien a las demás personas —no digo caerles bien; pero, sí que he tratado—. Esto verdaderamente me asusta, siento que a este paso temrinaré por comvertirme en un empedernido bonachón, querré presentarte a mis padres, invitarte a un finjido lonchecito de familia, a tomar un descafeinado viendo la colección de fotos y conversando con mi madre. ¡Dios nos libre, porfavor!, no quiero hacer de mí un fantoche del amor, asentar la cebeza y simplemente contestarte: "sí, mi amor".

Esto es una mierda, estoy perdiendo la poca escencia de homo economicus que me quedaba —ahora, mi único interés eres tú—; pero, lo peor es que no me importa nada de esto si es que estoy junto a ti. Si convertirme en el peor de mis demonios es el precio que he de pagar al destino por sentir lo que siento cada mañana al despertar, moriría en este averno de alegría por siempre y sin dudarlo ni una sola vez... Putamadre, cuánto te he llegado a querer.

domingo, octubre 26, 2008

Con cierto aire a ti


Para mí eres de esta noche, la única estrella,
el suspiro final en mis lacónicos días,
la apagada luz que se enciende cada noche.
La alegría.
El redundante latir de mi corazón hecho querella.

De las mañanas, el rocío,
de mis pensamientos, el mecano,
la mano que se extiende para salvarme de mi mismo,
el mismo revoloteo aquí en mi estomago.
La clorofila de mis ojos, amor mío.

Y es que eres de estas letras el sentido,
el latido errante durante mi exilio,
lo complejo y lo sencillo
del quererte.
Todos mis viernes y motivos.

Para mí eres del diccionario, la medicina,
el diazepán de mis tonterías,
la razón, para no condenar a la hogera mis archivos.
La bilirrubina, hoy hecha penicilina.
En mi vereda, los solecitos y calorías.

De mi creatividad, la amnesia,
la brújula en mis decisiones.
El olor, 
que da sabor, 
a la maldición tan hermosa que es quererte.
Todas mis nuevas aficiones,
mi último paseo por Venecia.

De mi aura, el color,
de nuestro jardín, las margaritas
y de aquellas, el sí.
El único número que quiero y me da suerte.
La génesis,
de mi nuevo corazón.

Y es que eres de estas letras el sentido,
el latido errante durante mi exilio,
lo complejo y lo sencillo
del quererte.
Todos mis viernes y motivos.