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sábado, marzo 28, 2009

Utopía


Me alegra contarles que en mi mundo el dinero se ha terminado la semana pasada. El capitalismo ha llegado a un nivel tal, que ahora sólo existen deudas, pues el dinero ha terminado en manos de una sola persona, la que termino por comprar el mundo, a raíz de la gran sumatoria de plusvalías. 

Esta persona quiso que trabajemos todos para él, por ser el gran monopolista del mundo; pero, la gran masa de personas, nos rehusamos a ello. Unidos logramos vencerlo. Ahora todos hemos vuelto a ser nómades, recolectores de alimentos, errantes bóvedas de espermas y esperanza. No existen más vestidos, ni casas, ni políticos, ni corrupción, ni mucho menos pobreza, pues ahora todos, excepto uno, tenemos la misma condición de vida.

Los artefactos eléctricos son inútiles, dado que no hay dinero para pagar luz, y esta sólo le pertenece al monopolista, así que se ha perdido las ansias de obtener tecnología proveniente de la electricidad, regalándole así algunos años más de vida al planeta. Las familias han desaparecido, pues el nomadismo ha generado confusión. Ahora todos, excepto uno, somos una gran e inmensa familia.

Las personas tienen un poco más de tiempo, pues no existe ni televisión ni Internet. Han aumentado el número de escritores, de filósofos, de locos de barrio. El único problema es que son tantos, que han aumentado el número de discusiones intelectuales... pero, como no existen más pistolas, ni rifles, ni lanzas, ni piedras, ni arma alguna, estas discusiones son pacíficas y de buen puerto.

Hoy los proletarios vivimos tranquilos. Todos, excepto uno, tenemos miles de millones de deudas; pero, no existe más dinero con qué pagar, así que éstas son efímeras, como la vida que hasta hace dos semanas vivíamos. 

El único infeliz es el monopolista, que en su mansión ubicada en lo que antes era conocido como Vaticano, no sabe qué hacer con tanta electricidad, tecnología, armas, y demás cosas que ahora son inservibles. 

Mientras piensa una solución, con sus gastados dedos, acaricia la mitra que lleva en la cabeza...

domingo, febrero 01, 2009

Teléfono malogrado


—Un humano se robó el espejo— gritó muy asustada la bruja.

Enseguida salió corriendo del castillo donde estaba y le mandó una alerta a Dios, para que hiciera algo respecto a la pérdida. Dios estaba en un lugar donde no había red, así que no recibió la alerta ni envío ángel alguno a detener aquella catástrofe. La bruja no sabía esto, así que esperaba la respuesta de Dios, sentada en una peña, muy cerca de una cocha, en un escondido lugar.

Pasaron dos mil años y Dios por fin regresó de vacaciones. La bruja lo esperaba en la puerta del castillo. Estaba verde de cólera y de debilidad, pues ya no tenía donde depositar su ancianidad, necesitaba el espejo para saber que aún existía, de alguna forma u otra.

Dios la vio desde lejos y entendió el mensaje, pues por algo es Dios. Al estar frente a frente la miró triste, pues es un Dios que ama, y mientras le hacía un nuevo espejo le dijo:

—La cagamos, ahora también tendrán vanidad.
—No todo está perdido— contestó la bruja, que ya podía verse de nuevo. Ahora en un nuevo espejo. —Puedes decir que los espejos destruirán a los hombres, que tienen que destruirlos. Así todos los creyentes se alejarán de ellos.

A Dios le pareció una buena idea, así que decidieron llamar juntos al Papa, para contarle aquel divino plan. La bruja nunca llamó antes al Papa, pues no tenía su número. 

Le timbraban y timbraban; pero, el Papa no contestaba. No se sabe que hacía; pero es algo que hace cada día a las 3. Finalmente, luego de 34 intentos, el Papa contestó.

—¿Bueno?— dijo un poco confundido.
—Escucha rápido Papa. Comunica desde Vaticano que todos tienen que romper sus espejos, sino ocurre así dentro de cuatro días, sólo le quedarán 7 años de vida a este mundo. Ya me aburrí de sus malcriadeces. Es una orden divina. Adiós.

Dios colgó raudamente, pues no tenía mucho crédito en el celular.

El Papa no entendió mucho el mensaje, pues seguía concentrado en quién sabe qué. Lo cierto es que la mañana siguiente, se colocó ese gorro muy pesado que usa, y desde el Vaticano, dijo:

—He recibido una revelación, en la que Dios me ha dicho que nadie debe romper espejo alguno, pues caerán 7 años de mala suerte, para él y 4 de sus generaciones futuras.

Dios estaba viendo la tele con la bruja, comiendo canchita y escuchando el discurso del Papa. Cuando oyeron lo que el Papa dijo, la bruja se golpeó la cabeza, pensando que quizá debieron hablar con algún otro religioso, un poquito más cuerdo. Dios hizo un gesto que nadaba entre el horror y la risa, apagó la tele, el celular, la luz, y resolvió que desde aquel día no se volvería a comunicar con el Papa.

—Es el teléfono malogrado, es una humanada de mier...— dijo la bruja mientras Dios empacaba las cosas, pues se iba de vacaciones dos mil años más.

Ahora los hombres vivimos con vanidad, la bruja con seguridad de existencia, y Dios, vive de vacaciones. Creo que todos felices, de alguna forma u otra.

sábado, noviembre 22, 2008

De ciervos y leones poseídos

Mi abuela cree que existe Dios; yo no estoy tan seguro. Si existe, bien. Si no, ¡qué podemos hacer! Nadie es imprescindible, como dijo Ernesto Guevara.

Si existe un Dios, esta personificación de la esperanza y las quimeras de los hombres (pues los animales no tienen un Dios, por lo menos no uno que yo conozca), debe ser algo parecido al hombre. No porque lo diga la biblia (que mi abuela, al igual que millones de personas, suele leer), sino más bien por el hecho que de alguien tuvo que sacar el modelo Dios para crearnos. Al no existir más entes que Él, pues tenemos que parecernos a Él, su propia y perfecta inspiración.

Si la existencia de Dios es probable; la del diablo, para mí, no. El hombre es el demonio de sí mismo. Un ser tan excepcional, como debe ser Dios, no permitiría la existencia de un "rival": alguien que se le asemeje, pueda o intente hacerle frente (aunque es un Dios bondadoso según dicen). El hombre, en su juicio y raciocinio, es quien forja su propio demonio, su propio satanás, siendo la envidia la génesis de todos los demás males. La envidia que tienen, o tenemos, los menos favorecidos por Dios, hacia los más favorecidos por Él (que pocas veces suelen ser los que más le rezan).

Tengo en la mente las palabras de mi abuela. Hoy la oí decir: "el diablo existe hijito: entra en los hombres y les hace hacer las cosas malas. Tienes que tener cuidado".

Este pensamiento, para mí, es completamente equívoco. Es como afirmar que un león está "poseído", que el demonio ha entrado en él porque asesina un ciervo. Es parte de su naturaleza, de su instinto. El hombre, que no es como el león, pues posee inteligencia superior, tiene el libre albedrío o la capacidad de discernir entre lo que a él le parece correcto, justo, bueno o mejor para sí mismo de lo que no. No creo que el diablo, como dice mi abuela, entre a nuestro cuerpo y nos obligue a hacer algo que nosotros no queramos muy dentro de nosotros. El diablo, aquel enemigo de Dios, que antes de luchar ya está condenado a una celestial derrota (según he leído), no existe más que dentro de cada uno de nosotros, como parte vital de nuestros propios deseos de superación, pues la maldad de los hombres genera muchas veces el progreso de la sociedad (no todas; pero, al menos el tiempo y la mano invisible de Adam Smith así lo han demostrado). Entonces no hay forma de que el diablo, esta personificación de la maldad, "entre", pues siempre estuvo y estará con cada uno de nosotros. Somos nuestro propio satán, y por ende un satán en potencia para la sociedad. Somos un ciervo que puede convertirse en un león (que quizá alimente a los ciervos o se alimente de ellos, eso aún no está claro), está en nosotros el desarrollarlo o no.

A fin de cuentas, si mi abuela tiene razón, es decir, si el diablo existe, como dicen que existe Dios, en estos momentos debe haber entrado en mí. Hace que afirme y escriba que no existe, que ponga en tela de juicio la existencia de su archienemigo, Dios. Si ha entrado o no en mí, la única respuesta, la tengo yo (aunque no me la diga a mí mismo); o en todo caso, Dios, que debe conocer el por qué de las cosas.

Quizá soy yo el único león que quiere ser un ciervo alimentado por leones.

domingo, noviembre 16, 2008

La salvación personal

Era un domingo cualquiera de iglesia, bostezaba, me hacía el dormido para evitar querer tener interés en lo que en el púlpito se hablaba. Todos están muy concentrados; pero no en el orador, sino en sus propios asuntos, en la redención de su propia alma. La salvación es personal, dice siempre mi madre. A mí no me interesa salvarme, por lo menos no ahora.

Estamos en el zénit de la reunión, la cena santa está por servirse. Una tranquilidad espantosamente perfecta inunda el recinto. Todos muy reverentes, muy cuidadosos de guardar los sacros mandamientos. Todos muy concentrados en su salvación, orando, pidiendo perdón por las iniquidades que han cometido esta semana, y que seguramente volverán a cometer. ¡Qué manera de complacer a Dios!; pero, a Dios le importa muy poco todo esto (creo yo), así que me pongo a leer viejos mensajes en mi celular.

Milagros (que tiene retardo mental, un padre en Chile y una paupérrima condición económica que su madre trata de superar con la ayuda de Dios) empieza a sentirse mal, parece que se ha atorado con algo. Yo la veo, porque no estoy orando. De pronto, para mi asombro, convulsiona. Yo me quedo helado, clavado en mi sitio sin saber qué hacer. Su madre no se asusta; sólo la abraza fuerte y sigue orando por su alma y la de sus hijas. Yo la quiero ayudar; pero, aunque me avergüenza escribirlo, soy un cobarde para estos problemas de convulsiones. Dios, si existe, lo sabe.

Los demás miembros siguen orando, muy concentrados ellos. A nadie le importa la suerte de Milagros. Pobre Milagros, convulsionar en un lugar lleno de gazmoños y un cobarde, que no tiene los huevos para ayudarla. Los demás hermanos siguen con los ojos cerrados y la cabeza inclinada, parecen estar pidiendo a Dios que termine ese ruido que no les deja orar tranquilos, que no les permite comunicarse con su amado Dios ni pedirle la redención de sus preciadas almas. Yo sigo viendo a Milagros, y me siento un despojo, un zurullo del más ruin animal del mundo. Entonces veo que una hermana se acerca a donde está Milagros y la abraza, dejando de lado a la madre, sosteniéndola para que no se caiga ni se golpeé, poniéndole algo en la boca para que no se lastime. Ha dejado de orar; pero no creo que a Dios le importe mucho eso.

Humillado, veo con envidia y vergüenza cómo la hermana ayuda a Milagros. Tan samaritana, tan diferente a mi madre. De repente la hermana parece voltear a verme; pero, tan cobarde como soy, agacho la cabeza y finjo estar orando, preguntándome: ¿a quién le salvará el alma Dios?