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lunes, julio 06, 2009

Porque la esperanza es lo último que se pierde


Hace tres días quise vender mi esperanza para poder comer.

Era lo único que tenía; mas nadie la quiso comprar.

Pides demasiado, dijeron.

A la mañana siguiente no tenía qué vender.

Hoy, sólo espero el timbre anunciando la visita de la muerte.

Ojalá y traiga algo de comer.

sábado, marzo 28, 2009

Utopía


Me alegra contarles que en mi mundo el dinero se ha terminado la semana pasada. El capitalismo ha llegado a un nivel tal, que ahora sólo existen deudas, pues el dinero ha terminado en manos de una sola persona, la que termino por comprar el mundo, a raíz de la gran sumatoria de plusvalías. 

Esta persona quiso que trabajemos todos para él, por ser el gran monopolista del mundo; pero, la gran masa de personas, nos rehusamos a ello. Unidos logramos vencerlo. Ahora todos hemos vuelto a ser nómades, recolectores de alimentos, errantes bóvedas de espermas y esperanza. No existen más vestidos, ni casas, ni políticos, ni corrupción, ni mucho menos pobreza, pues ahora todos, excepto uno, tenemos la misma condición de vida.

Los artefactos eléctricos son inútiles, dado que no hay dinero para pagar luz, y esta sólo le pertenece al monopolista, así que se ha perdido las ansias de obtener tecnología proveniente de la electricidad, regalándole así algunos años más de vida al planeta. Las familias han desaparecido, pues el nomadismo ha generado confusión. Ahora todos, excepto uno, somos una gran e inmensa familia.

Las personas tienen un poco más de tiempo, pues no existe ni televisión ni Internet. Han aumentado el número de escritores, de filósofos, de locos de barrio. El único problema es que son tantos, que han aumentado el número de discusiones intelectuales... pero, como no existen más pistolas, ni rifles, ni lanzas, ni piedras, ni arma alguna, estas discusiones son pacíficas y de buen puerto.

Hoy los proletarios vivimos tranquilos. Todos, excepto uno, tenemos miles de millones de deudas; pero, no existe más dinero con qué pagar, así que éstas son efímeras, como la vida que hasta hace dos semanas vivíamos. 

El único infeliz es el monopolista, que en su mansión ubicada en lo que antes era conocido como Vaticano, no sabe qué hacer con tanta electricidad, tecnología, armas, y demás cosas que ahora son inservibles. 

Mientras piensa una solución, con sus gastados dedos, acaricia la mitra que lleva en la cabeza...

domingo, febrero 08, 2009

Circunloquio sobre los sueños


Siempre que compramos, compramos sueños.
No hay tarjeta de crédito ni Dios alguno
que pueda evitar que intercambiemos dinero por sueños.
Todo en este mundo cuesta, incluso amar,
que en antaño era gratis, pero hoy la inflación nos cagó.
 
Siempre que soñamos, robamos sueños de otros,
incluso cuando somos únicos beneficiados,
son los demás quienes pagan el excedente de nuestra vida de juguete.
En un monopolio, que es el sueño,
no hay más dueño que uno mismo, por lo tanto,
no hay más beneficiado que nosotros,
ni más perjudicado que los demás actores de aquel espectáculo.
 
Siempre que dormimos, soñamos.
Siempre que soñamos, robamos.
Por lo que la lógica se hace basura
al pensar que siempre que se duerme se roba,
pues se roba despierto mientras los demás duermen,
donde los únicos beneficiados son aquellos que no actúan,
y los únicos perjudicados son quienes son beneficiados
en una vida que no existe, pero que se hará realidad,
al comprar nuevamente los sueños que fueron robados,
aunque esta vez con ayuda de Dios y la tarjeta de crédito.
Porque como a todo, la inflación, los sueños y los choros, nos cagaron.

domingo, febrero 01, 2009

Teléfono malogrado


—Un humano se robó el espejo— gritó muy asustada la bruja.

Enseguida salió corriendo del castillo donde estaba y le mandó una alerta a Dios, para que hiciera algo respecto a la pérdida. Dios estaba en un lugar donde no había red, así que no recibió la alerta ni envío ángel alguno a detener aquella catástrofe. La bruja no sabía esto, así que esperaba la respuesta de Dios, sentada en una peña, muy cerca de una cocha, en un escondido lugar.

Pasaron dos mil años y Dios por fin regresó de vacaciones. La bruja lo esperaba en la puerta del castillo. Estaba verde de cólera y de debilidad, pues ya no tenía donde depositar su ancianidad, necesitaba el espejo para saber que aún existía, de alguna forma u otra.

Dios la vio desde lejos y entendió el mensaje, pues por algo es Dios. Al estar frente a frente la miró triste, pues es un Dios que ama, y mientras le hacía un nuevo espejo le dijo:

—La cagamos, ahora también tendrán vanidad.
—No todo está perdido— contestó la bruja, que ya podía verse de nuevo. Ahora en un nuevo espejo. —Puedes decir que los espejos destruirán a los hombres, que tienen que destruirlos. Así todos los creyentes se alejarán de ellos.

A Dios le pareció una buena idea, así que decidieron llamar juntos al Papa, para contarle aquel divino plan. La bruja nunca llamó antes al Papa, pues no tenía su número. 

Le timbraban y timbraban; pero, el Papa no contestaba. No se sabe que hacía; pero es algo que hace cada día a las 3. Finalmente, luego de 34 intentos, el Papa contestó.

—¿Bueno?— dijo un poco confundido.
—Escucha rápido Papa. Comunica desde Vaticano que todos tienen que romper sus espejos, sino ocurre así dentro de cuatro días, sólo le quedarán 7 años de vida a este mundo. Ya me aburrí de sus malcriadeces. Es una orden divina. Adiós.

Dios colgó raudamente, pues no tenía mucho crédito en el celular.

El Papa no entendió mucho el mensaje, pues seguía concentrado en quién sabe qué. Lo cierto es que la mañana siguiente, se colocó ese gorro muy pesado que usa, y desde el Vaticano, dijo:

—He recibido una revelación, en la que Dios me ha dicho que nadie debe romper espejo alguno, pues caerán 7 años de mala suerte, para él y 4 de sus generaciones futuras.

Dios estaba viendo la tele con la bruja, comiendo canchita y escuchando el discurso del Papa. Cuando oyeron lo que el Papa dijo, la bruja se golpeó la cabeza, pensando que quizá debieron hablar con algún otro religioso, un poquito más cuerdo. Dios hizo un gesto que nadaba entre el horror y la risa, apagó la tele, el celular, la luz, y resolvió que desde aquel día no se volvería a comunicar con el Papa.

—Es el teléfono malogrado, es una humanada de mier...— dijo la bruja mientras Dios empacaba las cosas, pues se iba de vacaciones dos mil años más.

Ahora los hombres vivimos con vanidad, la bruja con seguridad de existencia, y Dios, vive de vacaciones. Creo que todos felices, de alguna forma u otra.

jueves, enero 29, 2009

Hipocrecía

Yan tiene mil caras y mil amigos. Cada amigo considera bastante a Yan. Él considera a todos, no digamos mucho; pero digamos por igual.

Los mil amigos suelen reunirse los miércoles por la noche, en las afueras de la ciudad. En esas reuniones hablan de sus mejores amigos, y sin saber que quizá tienen alguno en común, siempre planean una próxima reunión con dos mil personas, cada quien con su mejor amigo, en un mejor y más amplio lugar; aunque esto nunca ha podido concretarse.

Es sabido que Yan nunca ha asistido a este tipo de reuniones, y es que los miércoles en la noche trabaja en un centro comercial. Es una lástima y una fortuna a la vez, para quien con mil caras, mil amigos logró comprar.

*Nota: Las reuniones de 1001 personas son de mala suerte en aquel extraño lugar.

sábado, enero 24, 2009

Zurullo

Una mujer caminaba muy despistada por la vereda, y por casualidad pisó un trozo de caca que por ahí estaba descansando. La mujer, muy molesta, decidió quitarse aquella caca de la zapatilla derecha en la que ahora ésta intentaba descansar. Decidió hacerlo pisando en forma brusca a un triste gras que simplemente estaba observando aquella escena.  Mientras la mujer intentaba quitarse la caca de la zapatilla derecha, ésta, es decir la caca, se expandió y contaminó a la zapatilla izquierda, y luego a la pierna izquierda, y a la pierna derecha, y así, poco a poco, a todo el cuerpo de aquella despistada mujer, que no se daba cuenta de nada pues aún tenía el iPod prendido, y la música de JoJo parecía ser hipnótica e interesante.

Luego de muchos minutos, la mujer detuvo el inquisidor martirio al que sometía al gras y a la caca por cansancio, así que resolvió sentarse un momento en aquella vereda por la que hace muchos minutos intentaba transitar, para pensar otra forma de quitarse la caca de la zapatilla; pero, lástima, antes que pudiera darse cuenta que la caca ahora estaba en todo su cuerpo, otra mujer más grande y más despistada que ella que pasaba por ahí, la pisó súbitamente. La primera mujer no se dio cuenta de todo esto hasta que la canción de JoJo termino, al igual que su iPod, su descanso, y su vida, tanto de mujer como de caca.

El único problema es que el triste gras ya no estuvo por ahí para observar, y/o salvar, aquella escena, pues tuvo y tiene hasta la fecha mucho miedo a contaminarse con algún trozo de cansada caca que se intente limpiar...

miércoles, enero 14, 2009

La guerra y la vida

En un valle muy lejano viven Tonto y Tonta, viven juntos y en medio de una guerra. A Tonto le gusta soñar que es el general más influyente de aquella guerra; mientras que a Tonta, le gusta recoger los encargos del tambo, y ver como Tonto alardea de ser quien no es.

Tonto sale cada día, a las cinco de la mañana, vestido de uniforme. Se va a la plaza mayor e incita a la batalla. Habla de derechos y de izquierdos, de revolución y evolución. A menudo convence a algunos incautos, a quienes envía con estrictas órdenes al cuartel; pero, cuando llegan presurosos al cuartel, estos nobles e incautos reclutas encuentran al verdadero general, quien les da nuevas órdenes, mucho más importantes, olvidando así las de Tonto, que las dejan polveándose en los tambos que abastecen a los bunkers.

Tonta, que no hace honor a su nombre, se queda todo el día en el bunker en el que vive, muy lejos de la plaza. Ahí siempre espera cada tarde, cortando flores o leyendo un libro, a su cobarde y falso general, que siempre vuelve agitado y asustado, pues es perseguido por un populacho amedrentador.

lunes, enero 12, 2009

Lo que la lluvia se llevó



Han pasado 26 días desde que comenzó el toque de queda: 16 días de lluvia, y los 10 días más por el maldito programa de limpieza del gobierno. Pero hoy es un día diferente, ha salido un sol hermoso, casi ajeno para algunas personas, que como Julieta, se encerraron con los pocos libros que les quedaban en casa, soportando el ensordecedor sonido de los televisores vecinos en continuo zapeo, y las lamentaciones nocturnas de los compulsivos compradores rasgando las tarjetas de crédito en cualquier ranura sólo para sentirse, o creer sentirse, un poco aliviados (sin que esto implique alguna morbosidad sexual). 

Sólo faltan 2 horas para que el toque de queda termine, y Julieta en verdad muere por salir de su cuarto. No soporta más los canales deportivos, las huachafas delgaduchas de Plus TV y su supuesta moda, y aún peor, a los anuncios del gobierno, pues ni bien algún funcionario deja de hablar del toque de queda, ella apaga el televisor. No soporta más mentiras. Sólo quiere volver a leer en los parques y en la playa, a jugar voleibol con sus amigas del alma; quiere volver a comprar en la tienda de Luis, que no ve hace exactamente 27 días, y que está segura la extraña, casi tanto como ella a él. Ella sabe que no pudieron comunicarse porque ella no tiene teléfono móvil; pero, toda pesadumbre es llevadera, excepto el consumismo.

Al terminar el toque de queda sale presurosa, quiere ir a la librería a comprar el nuevo libro de Vargas Llosa, no soporta no tener qué leer. Se siente como vacía, como que hay algo que le carcome el estómago, y no es la ansiedad por ver a Luis. Al caminar por el parque, nota que no hay ningún niño en los juegos, ella pensaba que ellos serían los primeros en querer escapar de la opresión familiar y salir a jugar; sin embargo, sólo ve un parque de tétrico aspecto, con arbustos que parecen melenas de leones salvajes, cuyas descontroladas hojas caen en las antiguas veredas, donde ella solía jugar rayuelo, y que ahora, por acción del persistente agua, están agrietadas y desgastadas, como sus recuerdos de niñez.

Sin ánimos de recordar, Julieta atraviesa el parque, llegando a la avenida Principal. Ahí nota que no hay movilidad alguna, ni microbuses, ni taxis, ni mototaxis por último; pero, es un día hermoso, el primer día post diluvio, y ella está segura que al llegar a la librería encontrará a sus amigas (las del voleibol) y a algunos amigos, que así como ella, deben estar impacientes por salir de este autoexilio cultural. Así es como resuelve caminar, sin importar lo lejos que está la librería ni lo peligroso que pueda ser el trayecto.

Camina por interminables dos horas, en las que las únicas personas que ve son unos ancianos, que corren mirando constantemente hacia atrás, como si alguien les persiguiese, hacia el antiguo local del asilo, en la prolongación Paraguay, un lugar horrendo que ahora es un depósito informático, aunque no recuerda si así llaman a ese tipo de lugares. Ella no toma importancia al hecho de ver a los ancianos; pero, le hubiera gustado estar más cerca de ellos, para preguntarles si vienen del centro, o si saben el por qué de la soledad en las calles. Para colmo de males, ella no puede comunicarse con nadie, pues casi todo está destruido por efecto del agua.

Pasan una hora más y, muy cansada, llega al comienzo del centro de la ciudad, a unas cuadras del primer Gran Portal, que, felizmente, alberga la librería que ella suele visitar. Ya no fue sorpresa verla cerrada, aunque Julieta aún tenía la esperanza de encontrarla abierta; lo que sí le extrañó, fue estar sola ahí, ella esperaba encontrar una muchedumbre de personas abarrotando la calle; personas que, igual que ella, estarían presurosas por comprar algún libro, o por lo menos por hojear alguno, para de algún modo escapar de esta mediocridad causada por el agua, que no trajo sólo destrucción material, sino también intelectual. ¿Será que la gente no sabe que terminó el toque de queda?, se pregunta Julieta, triste, sin entender la situación.

Al llegar a la librería misma, mayúscula es su sorpresa al ver que el vitral de la entrada estaba impecable, y se podían ver los libros desde aquel. Están todos intactos, como si estos 26 días hubieran sido sólo un pestañar, sólo un sueño. Ella quiere pensar que quizá es eso... y es que no soporta no poder recibir una porción más de cultura, o por lo menos, de literatura. El agua se llevó a las personas, que no eran sus amigas; pero le proveían de alimento y esperanza, que quizá el agua también se llevó sin que ella se diera cuenta.

Julieta espera sentada en la librería por algunas horas más, muy extensas y muy solitarias. Al caer las últimas cenizas de la tarde, decide que es suficiente, recuerda que no hay alumbrado público, así que resuelve regresar a su casa, un poco derrotada, y muy confundida. En el camino maldice a Dios, aunque no creé en Él, y al agua; maldice a sus convicciones morales, aquellas que le impidieron tener los ovarios para romper el vitral de la librería y robarse algún libro; aunque sea alguno de los que están en oferta. Maldice sin cesar, sin hallar consuelo, ni alguna otra persona, que como ella, sólo quiera salir a respirar un poco de aire menos viciado.

Llega a su casa. Ella nunca conversó con sus vecinos y no quiere comenzar a hacerlo ahora; pero, sabe que cada noche tienen todas las luces prendidas, y es que a las 9 ven el programa de Mariela. Ese programucho que ningún peruano, excepto ella, se pierde. Todo esto es demasiado extraño, y ella, quiere ser parte de todo esto; aunque sin involucrarse con aquellos que considera de menor nivel cultural. Así que, quebrantando todas sus convicciones, resuelve ver aquel bellaco programa esta noche. Total, el programa es emitido desde la capital. Allá sí deben estar todos sumergidos en sus actividades, no pasan las tonterías que pasan acá, se dice a sí misma, con un aire de superioridad, mientras sube las infinitas gradas hasta su pequeño cuarto del décimo piso.

Al prender el televisor y sintonizar a Mariela, escucha una noticia sobre la llegada de un nuevo producto, muy novedoso, llamado Internet. El gobierno ha decidido entregarlo en cada casa de Bijus, la ciudad de Julieta, totalmente gratis, o si la casa prefiere, raspando la tarjetita de Visa o MasterCard. Estas entregas ocurrieron durante los 2 últimos días, anunciaba gustosa Mariela, que también fue de Bijus; pero, de adolecente logró escapar a la capital.

¿Internet? ¿Qué es eso?, se pregunta confundida Julieta. Desde su cuarto en el último piso del edificio no escuchó ningún ruido del gobierno, y ninguna persona le avisó que algo así ocurriría. Comienza a hacer zapeo, y es que el programa no le gustó para nada. Mientras hace el zapeo se da cuenta de qué pasó. Todos estaban en sus casas, usando Internet, exclama asustada. Pero ¿Quién podría ser tan idiota? ¿Quién puede ser tan inculto?, se pregunta, tratando de mentirse a sí misma.

Julieta mira su cuarto, resignada, sus libros ya leídos, sus poemas ya escritos. Piensa que mañana nadie atendería en la librería, que nadie jugará más al voleibol con ella, que quizá Luis no la volverá a visitar porque ahora está atrapado por los largos tentáculos de Internet, el mostro que dejó el agua, y un mostro que ante ella no se presentó, quizá porque le hubiera podido hacer frente. Finalmente piensa que quizá debió comprarse un móvil cuando tuvo la oportunidad, así se mantendría informada y quizá hubiera podido… ¡No, eso no! ¡Jamás! Grita mirándose al espejo.

Ensimismada y negándose a aceptar un mundo de soledad, y sobre todo, sin cultura, Julieta se lanza del décimo piso, por la ventana de su cuarto. Se lanza sin titubear, con una sonrisa en el rostro y un libro sin cubierta en el brazo. Y es que, cualquier pesadumbre es llevadera, excepto el consumismo…

Supongo que no es necesario aclarar que nadie recogerá el cadáver de esta heroína de la cultura hasta pasadas una o dos semanas, cuando éste esté casi descompuesto y sea practicamente imposible afirmar las causas de su muerte. A Julieta nadie la recordará, ni siquiera Luis; pero, ese día será recordado por siglos, como el primer día, post boom Internet en Bijus.

miércoles, enero 07, 2009

Los ciegos que verán



Ellos son dos ciegos. Aunque nunca saben a dónde van, siempre están juntos. El problema es que, aunque siempre están juntos, nunca saben a dónde van.

Han logrado ahorrar algún dinero, de años de limosnas, para comprar un par de anteojos; y aunque aún no deciden quién los usará, se sabe que ambos, de alguna forma u otra, verán mejor las cosas cuando éstos sean comprados.

La pregunta es: ¿seguirán juntos por mucho tiempo?



martes, enero 06, 2009

La obra del espejo (o del crítico)


Se levanta el telón. Una diminuta sombra aparece en medio del escenario. Empieza a caminar, sin sentido aparente, por una callejuela de extrañas dimensiones, buscando quién sabe qué. Parece confundida; aunque el público no sabe, y de seguro ni le interesa, el por qué de la confusión, el caminar elegante de esta minisombra ha cautivado las miradas de aquellos, que parecen felices, pese a no entender lo que la sombra hace.

Luego de unos minutos de gélido silencio del público, la sombra comienza a correr, con una forma de correr alocada, zigzagueando algunas piedras que están esparcidas en el escenario, parodiando alguna historia de laberintos que muchos miembros del público han visto antes. Muchos de ellos se van decepcionados, al ver aquella burda copia; otros, se quedan con la esperanza de hallar un final mejor.

El poco público que queda parece esperar alguna reacción de la minisombra, que, sin que el recorrido parezca monótono o repetitivo, sigue corriendo sin sentido alguno, tropezando por los mismos lugares, una y otra vez. El público empieza a abuchear; pero no se va.

La sombra parece cansada, deja de correr para nuevamente emprender su elegante caminar, ese que cautivó al público al comenzar la obra, quién sabe por qué. Se detiene en medio del escenario, justo donde apareció al levantarse el telón. Parece sorprendida. Se agacha. En cuestión de segundos recoge un espejo del piso. Se para y se mira al espejo elegantemente, se ve muy feliz. El público no entiende, están todos confundidos. Un tío del fondo de la sala se levanta y aplaude enérgicamente. Los demás le ven distinguido, creen que es un crítico, y deciden seguirlo. Se dasta una gloriosa ovación.

La minisombra comienza a correr mirando su nueva expresión en el espejo, corre a donde quiere; y aunque aún sin sentido, por lo menos no tropieza más. La minisombra se siente una estrella, y ciertamente está siendo ovacionada como una. Cae el telón.

El público, que sigue sin entender, voltea a buscar a aquel crítico que regaló las primeras palmas para preguntarle por la obra. Ya había escapado de la sala. Ellos, al no entender, deciden hacer lo mismo.


jueves, enero 01, 2009

El egocéntrico escritor incierto


Es 31 de diciembre, Trujillo está un poco más agitado de lo normal, el año se acaba y, por moda mayormente, la gente busca el mejor lugar para recibirlo. Es un día de cábalas, supersticiones y demás humanadas sin sentido. Yo estoy en la plazuela Iquitos, sentado en una de las bancas, esperando a Kely, que está jugando a salvar al mundo (a su mundo). La tarde, así como el año, está por terminarse en poco tiempo. La gente camina, apurada, sin saber dónde comprar el calzón o calzoncillo amarillo, pues nadie sabe si la diosa fortuna es conocedora de marcas y no te acompañará si usas un calzoncillo de ambulante de la avenida España. Prendo el penúltimo cigarro de mi cajetilla, que lamentablemente está relleno de tabaco. La gente no me mira, no les importo, ni ellos a mí.

Pasan los minutos y mi paciencia se consume al compás de mi cigarro. No soy muy bueno para esperar, mucho menos si el mundo está siendo salvado, y no soy yo quien lo salva. La gente sigue caminando, apurada, supersticiosa, comprando cosas, hablando por celular, pensando dónde pasar el fin de año. No pasa mucho tiempo y mi cigarro se termina, y con él mi paciencia; pero, justo antes de ir en busca de Kely y ayudarla a salvar el mundo, aparece ella con su tía. Yo estoy un poco sorprendido y me siento levemente traicionado, no esperaba a la tía. Les escondo la mirada, disimulo que no las conozco, hago todo lo que puedo por no verlas caminar cerca a mí, saco el último cigarro de la cajetilla en una inútil acción evasiva; pero, todo es en vano. Kely se acerca y me dice: ¿nos quieres acompañar? Yo, declino. Prefiero dejar que ella y su tía salven solas al mundo.

Ella se va con su tía, yo tengo que esperarla unos minutos más. No las miro, ni de reojo. De pronto, siento un raro cosquilleo en el estómago; miro al cielo, que para este momento ya estaba oscuro, y siento que me siento un poco mal. Me duele un poco el estómago. Es roche, pienso. Debí ponerme calzoncillo amarillo, así tendría suerte, pienso también. Pasan unos segundos en los que trato de sentirme mejor, en los que examino lo que siento. Pasan unos segundos más y reacciono: Yo no creo en el 'roche' ni en los poderes del calzoncillo amarillo. ¡Yo soy un escritor! —me digo a mí mismo, como gritándome y como creyendo que en realidad soy un escritor—. La gente camina, no sabe que yo estoy un poco mal ni que acabo de gritarme que soy un escritor. No les importo, ni ellos a mí. Así que, respiro profundo y trato de sentirme mejor.

Pasan unos momentos más y Kely vuelve, con esa sonrisa tan linda que tiene siempre que salva algún mundo. Su tía no está, no sé donde fue ni quiero averiguarlo. Me pregunta si me molesté, lo pienso un momento y decido mentirle, así que le digo que no me molesté. Caminamos de la mano, como si nada hubiera pasado, por Gamarra, que está llena de gente, que está más insoportable de lo normal (Gamarra). Sigo sintiéndome mal, camino pensando en qué tengo y en que no soy un escritor, que no debí gritarme así. Ella me nota extraño, me pregunta que tengo, y yo, nuevamente decido mentirle, y le digo que no tengo nada. No quiero quitarle la alegría de haber salvado al mundo.

Estamos por el BCP de la avenida España y no soporto más, me siento muy mal, quiero vomitar, la cabeza me da vueltas, y no tengo explicación alguna para todo esto. ¿Será el roche por ver a la tía de Kely? ¿será que debí haberme puesto calzoncillo amarillo y de marca? ¿será que es la angustia por haberme gritado que soy escritor y en realidad creer que no lo soy? Sea lo que sea me siento mal. Kely lo nota; pero, ya no me pregunta más. Ahora ella está caminando, por lógica, mi vida no le importa.

No puedo más, me detengo en una esquina y siento que quiero arrojar todo lo que tengo en el estómago; siento que no soy ningún escritor y que quizá debí ponerme un calzoncillo amarillo de marca y quizá así no hubiera visto a la tía de Kely y no me sentiría así ahora. Siento muchas cosas, pienso pocas... pero, justo antes de entregarme a los brazos de esta enfermedad sin sentido aparente, recuerdo que puede que no sea un escritor, ni una persona con suerte; pero, tengo una certeza: Soy un orgulloso, un imbécil egoísta y egocéntrico, y eso lo sé sin dudas. Y de mi palabra y mis pensamientos no me retracto. Y si dije que no creo en el roche y que soy un escritor o que vivo en la Luna, quizá sea verdad. Así que, me trago el vómito que intenta salir de mí sin permiso alguno y levanto orgulloso la cabeza mientras me grito a mí mismo que ninguna nimiedad va a derrumbar mis ideas ni las demás estupideces que suelo pensar. Al terminar mi narcisita autocharla, me doy cuenta que Kely no se detuvo cuando me detuve yo, quizá está en busca de sus doce uvas, pienso. Miro a mi alrededor y sólo veo hordas de gente caminando, con las bolsas llenas de uvas y ropa interior amarilla. Corro buscando a Kely porque no quiero perderle el rastro y porque creo que es ella quien ahora se ha molestado conmigo, aunque no sé por qué. No quiero que se moleste, no toleraría perderla, aún tengo la espereanza de jugar a salvar al mundo juntos algún día. Mientras corro, la gente no me mira, no les importo, ni ellos a mí. Y es que si soy un escritor, soy un escritor incierto, incierto y muy narcisista, que no usará calzoncillo amarillo ni comerá uvas a las doce. De eso no tengo duda.

jueves, diciembre 25, 2008

Saturnalia



Y aquella noche se nos escapó de las manos, sin poder hacer algo por tullir el presuroso calendario. Era ya de madrugada, la madrugada previa a los saturnales. Todos, analfabetos o no, escriben cartas imaginarias, que son rezos, a Saturno, su dios, que sin saberlo a ciencia cierta, pues el futuro es quimera, pronto, se vestirá de rojo, que para estos tiempos está muy de moda, y regalará bendiciones a sus devotos y analfabetos pedigüeños, a lo largo y ancho de la vieja y crédula Roma de antaño, donde se reza y se recibe regalos del dios de la agricultura en diciembre.

Este dios de la agricultura, que es también Saturno, inconscientemente (como suelen hacerse todas las cosas trascendentales) continuó regalando bendiciones y buenas cosechas cada año en los saturnales, sin saber —como ya se escribió antes— que algún día, en algún siglo futuro, una compañía de gaseosas, que no cree en él ni le ha rezado vez alguna, compraría muchos derechos sobre él y sería su gran trampolín al mundo, su boleto a la indecorosa inmortalidad del don nadie. Un poco más gordo, poco más blanco, con más barba, y apodado Santa Claus. Pues esto, al igual que escribir en vez de rezar, es lo que ahora está de moda. Los dioses romanos no venden más titulares, ni motivan a los niños a pedir compulsivamente más juguetes, es decir, no hacen plata.

Saturno, jodido y en el más polvoriento rincón del estante del olvido (pues ahora actúan por él muchos gordos de diferentes lugares, que suelen recibir muchos sporade's y burn's como regalo a sus saturnales servicios). Ayer, me hizo recordar que yo, y los míos, fuimos quienes le arrastramos a esta desdicha, que agudiza su crítico cuadro asmático. No sólo por no detener el calendario aquella madrugada anterior a los saturnales, sino por no estirar la mano antes que Coca-Cola, y no comprar los derechos y el copyright, de los nuevos saturnales, que ahora dominan al mundo, es decir, al dinero: la navidad.

miércoles, diciembre 17, 2008

Un fan de ensueño


"Te compro lo que aún queda de tus sueños, las migajas que quedaron stockeadas (sic) en esas altas repisas, que siempre quisiste llenar de libros comprados y nunca hiciste ni mierda por lograrlo, porque eres así: un mentiroso, y siempre lo serás. Sólo floreas de grandeza, de fama y de tristeza, que porsupuesto (sic), nunca tendrás. Hablas y escribes difícil queriendo confundir a los demás, y ni siquiera tú te entiendes. No eres más que un maldito fraude, un mitómano que camina pregonando en silencio, intentando vender sus sueños irreales a otros cojudos. Por eso compro las migajas que aún no vendiste, aunque quizá no logre alcanzar aquellas altas repisas. Y es que soy una de esas cojudas, que necesitamos un puñado de mentiras y estupideces, que mentirosos como tú, aún siendo despreciables, venden a quienes tenemos una vida demasiado perfecta y real, a quienes somos fantoches en tu teloneado (sic) espectáculo de sueños".

domingo, noviembre 30, 2008

Falta de comunicación


—Y ¿qué hiciste ayer? ¿me extrañaste? —preguntó Barbi con una sonrisa dibujada en su rostro.

—Seré sincero contigo amor, la verdad que no. Como no estabas, me hurgué la nariz al despertar, limpié mis dedos en las sábanas, y con la misma sábana, limpie toda la cerita de mis oídos. No me bañe, no me sentía sucio. Tampoco tomé desayuno. Salí de la casa, esperaba el micro, y te confieso, le estuve mirando los pechos a una flaca (que por cierto se parecía mucho a ti, aunque ella tenía más pechos). Ya al tomar el micro, iba comiéndome las uñas, cantando en mi mente canciones de Bob Marley, y pensando en si sería buena idea correrme la paja, pensando en la flaca de la parada del micro, al llegar a la casa después del trabajo. Total, era mi día de libertad. Trabajé como un peón durante 7 horas, en las que no podía dejar de pensar en esa desconocida que se parecía tanto a ti (con más pechos). Me invitaron a ir al Milagro con unos amigos; pero, no tenía ganas. Puedes creer que preferí regresar a la casa y correrme la paja pensando en tu clón de pechos grandes antes que tener un polvo real. Ayer salí de la rutina, hice el amor con mi mano y esa desconocida, que sí tira en las poses que me gustan. En definitiva, no fue un día normal.

Un silencio insinuante tomó posesión de la habitación unos segundos, quizá no los suficientes.

—Sorry gordo, no te oí —dijo Barbi, en un tono confundido y sin dejar de limarse las uñas—. Pensaba otra cosa, ¿qué pasó?

Gordo seguía pensando en la paja que se había hecho ayer, e inconscientemente oyó como sus labios hacían eco:

—Fue un día normal, normal...

Barbi sonrió como si hubiera comprendido el mensaje, quizá no lo suficiente. Gordo, a manera casi mecánica, se fue al baño a hacerce otra paja.

domingo, noviembre 09, 2008

Escapando de mamá (¿qué niño no?)


Hoy estoy ebrio de tantas palabras (diatribas que coquetean con mis más tétricos deseos). Me he cansado de caminar a un lugar que no sé si quiero conocer. No quiero herir a mi familia, en especial a mi madre; pero tengo la desidia de sus actos junto a mí en cada almuerzo de domingo y no lo soporto más. No soporto ver escayoladas mis ilusiones, ni que éstas se fundan junto a los prospectos de mi madre en este extraño molde egoísta, que no es mío, que nunca fue mío. Por eso tomo un respiro hoy, porque la quiero, y no la quiero perder.

Mi madre sueña con alejarme de esta vida pagana (que lamentablemente de pagana no tiene nada) y hacer de mí un misionero, un predicador de sus doctrinas privadas y sin comprobar —no uno que vaya a predicar en sí, sino más bien que vaya a conocer el mundo y hacer orgullosa a mamá con un recuerdo—. La iglesia es un papel muy importante en la vida de mi madre, es una especie de refugio a sus lamentos, un invernadero donde poder conversar larga y exageradamente con un Dios que quiere oírla más que su familia. Por eso cuando pienso en ella (mi madre) miro a la derecha, tratando de entender si el ser zurdo de pensamiento es quizá un castigo de su Dios (que es también mi Dios según sus palabras) y que en mí ella sólo busca que vea lo que ella no puede ver de aquel maravilloso Dios al cual ama.

Pese a todo, sé que mi madre me ama (no tanto como a Dios; pero me ama), y en su alma sólo hay buenas intenciones (con métodos bastante heterodoxos), y que como hijo no me corresponde romper esas ilusiones y hacerle sentir mal siendo quien soy. Por lo menos no ahora, pues mi madre es un ser difícil. Por eso siempre espero tranquilo que el día termine, que mi madre enfoque su egoísmo en sus imperturbables sueños. Esos sueños donde quizá sea la reina que merece ser, viviendo en ese mundo perfecto de oraciones, esmog e infinidad de dinero que ella quiere para su familia. Creo que es feliz durmiendo junto a sus quimeras; mas yo no.

Pero alguna mañana, de algún día cualquiera de cualquier otoño, yo me habré ido con alguna otra mujer sin avisarle. Cuando ese día llegue, junto a esa mujer me perderé, en avernos donde mi madre no podrá ir a buscarme e intentar expiarme de las calamidades que conmigo vendrán, y se resignará por fin a amarme por quién soy. Espero ese día no lastimar a mi madre, ni mermar su extraña felicidad. Espero también que sea la mujer que hoy me acompaña esa mujer que esté junto a mí en aquel averno, pues la he llegado a querer bastante y necesito de sus caricias y besos para ser más feliz, y ayer le dije que la amo, y no le mentí, como le mentí a mi madre, a la que no podría decir te amo sin pensar que miento; pero que se está ganando mi amor con cada nueva riña de domingo.