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miércoles, julio 15, 2009

Sombra azul


Azul camina muy contenta por las calles de Trujillo. Camina conversando con su sombra, que sin saberlo es su mejor amiga, por silenciosa y porque siempre está junto a ella. Es verano y mediodía, así que la mejor amiga de Azul está inmensa, radiante, en su mejor momento del día y del año. Azul conversa con ella de muchas cosas: del novio, de la novia del novio, del novio de la novia del novio, de la princesita que sueña y sueña y sueña con ser reina, etcétera, etcétera, etcétera. La sombra nunca responde. Eso es bueno, piensa Azul, que es un ser que ama la discreción, como se puede notar.

Azul camina sin parar, al igual que las manecillas del reloj, y al igual que su sombra, que le es fidelísima; aunque Azul no se canse de abrir la boca para excretar más y más egocéntricas y chicheras palabras desde que salieron a caminar, hace ya tantas horas.

En un momento inexacto del día, y sin que Azul se percatara, la sombra desapareció, no estaba más. ¿Se habrá extraviado en alguna de las callejuelas de la vieja Trujillo? ¿Será algo que hice o dije? ¿Será que es amiga de la novia del novio de la novia? ¿No le gusta la cumbia? ¿Se la habrá llevado alguien? Quizá y me necesita ¿O se habrá ido a conversar con otra? Se pregunta muy inquieta Azul, mientras la busca sin cesar, caminando de regreso por donde vino; aunque las manecillas del reloj continúan caminando hacia adelante.

Ya apunto de caer la noche y cansada de buscarla sin éxito, Azul maldice la hora en la que se hizo amiga de la sombra, maldice también el momento en el que decidió contarle sus cosas: sobre el novio, la novia del novio y los novios de las novias, y sobre la princesita que sueña y sueña y sueña con ser reina... Llora amargamente, sentada en el filo de la vereda, llora porque no sabe qué más hacer, llora llena de rabia, llora sin Consuelo, porque así se llamaba la sombra.

En ese momento se enciende el alumbrado público... Azul saluda a su nueva amiga.

sábado, enero 31, 2009

Año 2376


Una mujer se lanzó del 235° piso, donde se ubicaba su universidad, pues había jalado un curso por tercera vez. A nadie le importó el hecho, el mundo no se dejó de mover por un suicidio más.

Pasaron tres semanas, y un hombre alto, calvo, y muy blanco, se acercó al cadáver de aquella mujer, que nadie había recogido, que estaba pisoteado y sucio. Levantó a aquella mujer, le sacudió el polvo, la coció donde las heridas eran muy notorias, y le dijo: Ya despierta boba, el ciclo terminó. Fin del show.

La mujer se levantó, lloró en el hombro de aquel hombre unos segundos, y juntos se marcharon de la puerta de aquel edificio, a vacacionar en Máncora. No sin antes destruir el avión del profesor de Arte Dramático III. El mundo no se dejará de mover por un avión destruido más.

jueves, enero 29, 2009

Hipocrecía

Yan tiene mil caras y mil amigos. Cada amigo considera bastante a Yan. Él considera a todos, no digamos mucho; pero digamos por igual.

Los mil amigos suelen reunirse los miércoles por la noche, en las afueras de la ciudad. En esas reuniones hablan de sus mejores amigos, y sin saber que quizá tienen alguno en común, siempre planean una próxima reunión con dos mil personas, cada quien con su mejor amigo, en un mejor y más amplio lugar; aunque esto nunca ha podido concretarse.

Es sabido que Yan nunca ha asistido a este tipo de reuniones, y es que los miércoles en la noche trabaja en un centro comercial. Es una lástima y una fortuna a la vez, para quien con mil caras, mil amigos logró comprar.

*Nota: Las reuniones de 1001 personas son de mala suerte en aquel extraño lugar.

martes, enero 27, 2009

La perra, la gata y el amnésico


La perra y la gata solían ser amigas. Solían salir a caminar juntas por el parque cuando alguna de las dos tenía alguna necesidad que compartir. Solían ser amigas del amnésico. Solían también salir con él; la gata por la luz, y la perra por la sombra. Los tres solían vivir una vida un poco holgada, sin que esto implique que ésta sea cómoda.

El amnésico salía con la gata cuando la perra vivía en otro mundo, muy cerca del de ellos. La perra salía con la gata cuando el amnésico no tenía interés alguno por la gata, mucho menos por la perra, pues ahora él estaba en otro mundo. El amnésico y la perra salían juntos cuando éste no recordaba que alguna vez salio con la gata, ni que ellas salían a caminar a los parques buscando suplir sus necesidades. Sus vidas eran vaivenes de la suerte que, se podría decir, tenía el amnésico, pues aunque la gata siempre estaba con el amnésico, la perra también estaba por ahí, sin que esto implique que estaban los tres juntos en realidad. 

Millones de minutos pasaron, y después de muchos vaivenes, el amnésico volvió a salir con la gata, sin recordar que alguna vez salió con la perra, ni que las perras son perras por antonomasia. La perra, que todo lo recuerda y necesita de la gata para suplir sus necesidades, decide sacar de la sombra su historia con el amnésico, contándole a la gata, pues ahora ella pasa demasiado tiempo con el amnésico y eso no le gusta a la perra. La gata no cree aquella historia y le encara la situación al amnésico, esperando alguna reacción de él; pero, él no atesora recuerdo alguno de la perra y no tiene historia que contar, por lo que se toma como válida la versión de la perra, que le sonríe al amnésico con la victoria entre las manos. El amnésico se quedó sin perra ni gata.

Todo esto ocurrió ayer. Hoy el amnésico no sabe a quién buscará, pues no recuerda nada de lo ocurrido ayer. Él sabe que aún sale con alguna de las dos; pero, no tiene idea con cual. Quizá las encuentre caminando en el parque, supliendo alguna necesidad, o planeando como matarlo...

sábado, enero 24, 2009

Zurullo

Una mujer caminaba muy despistada por la vereda, y por casualidad pisó un trozo de caca que por ahí estaba descansando. La mujer, muy molesta, decidió quitarse aquella caca de la zapatilla derecha en la que ahora ésta intentaba descansar. Decidió hacerlo pisando en forma brusca a un triste gras que simplemente estaba observando aquella escena.  Mientras la mujer intentaba quitarse la caca de la zapatilla derecha, ésta, es decir la caca, se expandió y contaminó a la zapatilla izquierda, y luego a la pierna izquierda, y a la pierna derecha, y así, poco a poco, a todo el cuerpo de aquella despistada mujer, que no se daba cuenta de nada pues aún tenía el iPod prendido, y la música de JoJo parecía ser hipnótica e interesante.

Luego de muchos minutos, la mujer detuvo el inquisidor martirio al que sometía al gras y a la caca por cansancio, así que resolvió sentarse un momento en aquella vereda por la que hace muchos minutos intentaba transitar, para pensar otra forma de quitarse la caca de la zapatilla; pero, lástima, antes que pudiera darse cuenta que la caca ahora estaba en todo su cuerpo, otra mujer más grande y más despistada que ella que pasaba por ahí, la pisó súbitamente. La primera mujer no se dio cuenta de todo esto hasta que la canción de JoJo termino, al igual que su iPod, su descanso, y su vida, tanto de mujer como de caca.

El único problema es que el triste gras ya no estuvo por ahí para observar, y/o salvar, aquella escena, pues tuvo y tiene hasta la fecha mucho miedo a contaminarse con algún trozo de cansada caca que se intente limpiar...

jueves, enero 01, 2009

El egocéntrico escritor incierto


Es 31 de diciembre, Trujillo está un poco más agitado de lo normal, el año se acaba y, por moda mayormente, la gente busca el mejor lugar para recibirlo. Es un día de cábalas, supersticiones y demás humanadas sin sentido. Yo estoy en la plazuela Iquitos, sentado en una de las bancas, esperando a Kely, que está jugando a salvar al mundo (a su mundo). La tarde, así como el año, está por terminarse en poco tiempo. La gente camina, apurada, sin saber dónde comprar el calzón o calzoncillo amarillo, pues nadie sabe si la diosa fortuna es conocedora de marcas y no te acompañará si usas un calzoncillo de ambulante de la avenida España. Prendo el penúltimo cigarro de mi cajetilla, que lamentablemente está relleno de tabaco. La gente no me mira, no les importo, ni ellos a mí.

Pasan los minutos y mi paciencia se consume al compás de mi cigarro. No soy muy bueno para esperar, mucho menos si el mundo está siendo salvado, y no soy yo quien lo salva. La gente sigue caminando, apurada, supersticiosa, comprando cosas, hablando por celular, pensando dónde pasar el fin de año. No pasa mucho tiempo y mi cigarro se termina, y con él mi paciencia; pero, justo antes de ir en busca de Kely y ayudarla a salvar el mundo, aparece ella con su tía. Yo estoy un poco sorprendido y me siento levemente traicionado, no esperaba a la tía. Les escondo la mirada, disimulo que no las conozco, hago todo lo que puedo por no verlas caminar cerca a mí, saco el último cigarro de la cajetilla en una inútil acción evasiva; pero, todo es en vano. Kely se acerca y me dice: ¿nos quieres acompañar? Yo, declino. Prefiero dejar que ella y su tía salven solas al mundo.

Ella se va con su tía, yo tengo que esperarla unos minutos más. No las miro, ni de reojo. De pronto, siento un raro cosquilleo en el estómago; miro al cielo, que para este momento ya estaba oscuro, y siento que me siento un poco mal. Me duele un poco el estómago. Es roche, pienso. Debí ponerme calzoncillo amarillo, así tendría suerte, pienso también. Pasan unos segundos en los que trato de sentirme mejor, en los que examino lo que siento. Pasan unos segundos más y reacciono: Yo no creo en el 'roche' ni en los poderes del calzoncillo amarillo. ¡Yo soy un escritor! —me digo a mí mismo, como gritándome y como creyendo que en realidad soy un escritor—. La gente camina, no sabe que yo estoy un poco mal ni que acabo de gritarme que soy un escritor. No les importo, ni ellos a mí. Así que, respiro profundo y trato de sentirme mejor.

Pasan unos momentos más y Kely vuelve, con esa sonrisa tan linda que tiene siempre que salva algún mundo. Su tía no está, no sé donde fue ni quiero averiguarlo. Me pregunta si me molesté, lo pienso un momento y decido mentirle, así que le digo que no me molesté. Caminamos de la mano, como si nada hubiera pasado, por Gamarra, que está llena de gente, que está más insoportable de lo normal (Gamarra). Sigo sintiéndome mal, camino pensando en qué tengo y en que no soy un escritor, que no debí gritarme así. Ella me nota extraño, me pregunta que tengo, y yo, nuevamente decido mentirle, y le digo que no tengo nada. No quiero quitarle la alegría de haber salvado al mundo.

Estamos por el BCP de la avenida España y no soporto más, me siento muy mal, quiero vomitar, la cabeza me da vueltas, y no tengo explicación alguna para todo esto. ¿Será el roche por ver a la tía de Kely? ¿será que debí haberme puesto calzoncillo amarillo y de marca? ¿será que es la angustia por haberme gritado que soy escritor y en realidad creer que no lo soy? Sea lo que sea me siento mal. Kely lo nota; pero, ya no me pregunta más. Ahora ella está caminando, por lógica, mi vida no le importa.

No puedo más, me detengo en una esquina y siento que quiero arrojar todo lo que tengo en el estómago; siento que no soy ningún escritor y que quizá debí ponerme un calzoncillo amarillo de marca y quizá así no hubiera visto a la tía de Kely y no me sentiría así ahora. Siento muchas cosas, pienso pocas... pero, justo antes de entregarme a los brazos de esta enfermedad sin sentido aparente, recuerdo que puede que no sea un escritor, ni una persona con suerte; pero, tengo una certeza: Soy un orgulloso, un imbécil egoísta y egocéntrico, y eso lo sé sin dudas. Y de mi palabra y mis pensamientos no me retracto. Y si dije que no creo en el roche y que soy un escritor o que vivo en la Luna, quizá sea verdad. Así que, me trago el vómito que intenta salir de mí sin permiso alguno y levanto orgulloso la cabeza mientras me grito a mí mismo que ninguna nimiedad va a derrumbar mis ideas ni las demás estupideces que suelo pensar. Al terminar mi narcisita autocharla, me doy cuenta que Kely no se detuvo cuando me detuve yo, quizá está en busca de sus doce uvas, pienso. Miro a mi alrededor y sólo veo hordas de gente caminando, con las bolsas llenas de uvas y ropa interior amarilla. Corro buscando a Kely porque no quiero perderle el rastro y porque creo que es ella quien ahora se ha molestado conmigo, aunque no sé por qué. No quiero que se moleste, no toleraría perderla, aún tengo la espereanza de jugar a salvar al mundo juntos algún día. Mientras corro, la gente no me mira, no les importo, ni ellos a mí. Y es que si soy un escritor, soy un escritor incierto, incierto y muy narcisista, que no usará calzoncillo amarillo ni comerá uvas a las doce. De eso no tengo duda.

domingo, noviembre 30, 2008

Falta de comunicación


—Y ¿qué hiciste ayer? ¿me extrañaste? —preguntó Barbi con una sonrisa dibujada en su rostro.

—Seré sincero contigo amor, la verdad que no. Como no estabas, me hurgué la nariz al despertar, limpié mis dedos en las sábanas, y con la misma sábana, limpie toda la cerita de mis oídos. No me bañe, no me sentía sucio. Tampoco tomé desayuno. Salí de la casa, esperaba el micro, y te confieso, le estuve mirando los pechos a una flaca (que por cierto se parecía mucho a ti, aunque ella tenía más pechos). Ya al tomar el micro, iba comiéndome las uñas, cantando en mi mente canciones de Bob Marley, y pensando en si sería buena idea correrme la paja, pensando en la flaca de la parada del micro, al llegar a la casa después del trabajo. Total, era mi día de libertad. Trabajé como un peón durante 7 horas, en las que no podía dejar de pensar en esa desconocida que se parecía tanto a ti (con más pechos). Me invitaron a ir al Milagro con unos amigos; pero, no tenía ganas. Puedes creer que preferí regresar a la casa y correrme la paja pensando en tu clón de pechos grandes antes que tener un polvo real. Ayer salí de la rutina, hice el amor con mi mano y esa desconocida, que sí tira en las poses que me gustan. En definitiva, no fue un día normal.

Un silencio insinuante tomó posesión de la habitación unos segundos, quizá no los suficientes.

—Sorry gordo, no te oí —dijo Barbi, en un tono confundido y sin dejar de limarse las uñas—. Pensaba otra cosa, ¿qué pasó?

Gordo seguía pensando en la paja que se había hecho ayer, e inconscientemente oyó como sus labios hacían eco:

—Fue un día normal, normal...

Barbi sonrió como si hubiera comprendido el mensaje, quizá no lo suficiente. Gordo, a manera casi mecánica, se fue al baño a hacerce otra paja.

viernes, noviembre 28, 2008

El mejor abrazo

Han pasado ya cinco minutos, el efecto ha tomado posesión de su cuerpo. Sus ojos están colorados y perdidos, confundidos por esta nueva sensación: tan extraña; tan familiar a la vez.

Las manos se le mueven solas, él no sabe por qué. El espejo, tan jodido como siempre, le hace recordar ese molesto barro que no quiere abandonar su rostro. Él le habla, le suplica con insultos que se vaya, que en unas horas va a salir. El barro no le escucha, él no sabe por qué; pero, sonríe: nada es tan grave. Peaceeee!

Se recuesta en el mueble. Sin saber por qué, la recuerda. Sin saber cómo, está excitado. Es tan viejo y tan joven a la vez, su edad mental aún corre tras el calendario intentando alcanzar algún equilibrio. Se siente un poco extraño, se toca los pendejos, los acaricia. Él sabe que hacer.

—Julio, préstame tu ñoba, quiero cagar.

Julio no le responde, está intentando prender la PlayStation.

A él no le importa si le responde o no. Se va al baño, abre la puerta, entra, cierra, pone cerrojo. Todo listo.

Se mira en el espejo nuevamente, quiere olvidarse del mudo acné. Para olvidarse piensa en ella, la tiene en la mente, está bailándole en la tina. Él, sin dejar de mirarla, se sienta en el inodoro, que tenía todas las tapas puestas; y con la mano derecha abrazando su colgajo, cierra los ojos y la recuerda, la ama nuevamente, le hace el amor como en antaño.


Es una jornada gloriosa: la mujer ha tenido 3 orgasmos, el no se ha venido ni una vez. Continúa agitando su pene (él no se masturba, hace réplicas del arte de amar) hasta que ya no puede más. Es tanta la emoción que tiene dentro, nunca antes tiró así. Ya está, eyaculó, con una fuerza nunca antes vista. Quiere gritar; pero, no puede. Se darían cuenta, y ya está grande para la paja. Mojó el piso de cerámica y su mano (para no manchar su ropa). Han sido los 45 segundos más gloriosos de su vida. Es un placer que no sintió antes, y que teme no volver a sentir.

Abre los ojos, ella sigue bailando en la tina; pero, él está cansado ya. Coge un poco de papel higiénico. Limpia la evidencia —todo con el mayor silencio, no quiere ser descubierto—. Una vez que todo está limpio, se lava el colgajo, las manos (con el jabón de Julio). Se seca con una vieja toalla que encontró. Siente una extraña satisfacción. Aunque se siente un poco diferente, un poco normal, como si en esa eyaculación se le fue la magia, el poder que hace unos momentos tomó posesión de él y lo convirtió en un amante de ensueño, que le trajo de nuevo a su amada, que le hizo ser más feliz de lo que era con ella.

Mira al espejo, y nota que el barro de su rostro es más pequeño ahora. ¡Qué satisfacción! No tendrá más que pedirle que se vaya. Jala la palanca, presiona el Galde Toque' y sale, sobándose la barriga para simular que defecó.

—Oe weón', ¿armamos el otro? Aún quedan unas pavas.


Julio nuevamente no lo escucha. Está pegadazo craneando una nueva e invencible formación de wini', aún no quiere volver a fumar.

martes, noviembre 04, 2008

Reset


Cuando escuchó aquella grabación telefónica, su alma se estremeció sobremanera. Por un segundo, mientras las primeras lágrimas comenzaban a brotar de sus ojitos caramelo, pensó en todas las explicaciones que tendría que dar, en todas las personas a quienes tendría que mentir y en toda la maraña de mentiras que tendría que tejer mañana al despertar. —Esto es una mierda— se dijo contrariada a sí misma. Entonces se sentó, estiró las piernas hasta colocarlas junto al teléfono, encendió un porro que sacó de su cartera y empezó a maquinar una solución.

Los minutos pasaban, recordó que mañana tendría que limarse las uñas con Joaquín, comprar su yerba —porque este era el último porro del cox— e ir de shopping con Lulú. La situación se tornó estresante para ella, no tendría tiempo mañana para jugar a la honestidad, ni para el papel de mentirosa; así que, caminó hasta el cuarto de papi, cogió un polvoriento revólver que reposaba sobre la mesa de nochede aquel cuarto y, como Dios manda, le disparó tres veces al teléfono, el único testigo de la verdad.

Aliviada, con la conciencia limpia y mentalmente relajada, se sentó nuevamente, terminó el porro que ya había comenzado, secó sus lágrimas, se masturbó con sus dedos marihuaneados y se echó a dormir, pensando en todo lo que compraría mañana con Lulú.